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ASTROLOGÍA Y ARTE: UN LEGADO EXCEPCIONAL
(publicado en Más Allá, nº 185,
julio 2004, páginas 88-93).
©
Isabela Herranz
Los
descubrimientos científicos modernos han socavado muchos
de los fundamentos de la tradición astrológica,
pero en épocas pasadas tuvo una influencia omnipresente
en la cultura occidental. Invadió las artes gráficas
del Medioevo y alcanzó su máximo esplendor en
el Renacimiento. Además de su valor artístico
y su utilidad médica, agrícola o meramente adivinatoria,
las representaciones astrológicas poseían un
poderoso efecto talismán.
“Confundido
por las predicciones en las columnas de ‘astrología’
de los periódicos y revistas populares –que de
hecho nada tienen que ver con la astrología seria-
pocas personas tienen una idea auténtica de lo que
trata este antiguo arte… Mucha gente se pregunta sobre
la verdad que subyace tras la astrología, y algunas
empiezan a darse cuenta de que representa el sistema psicológico
más completo que nos ha legado el pasado”. Este
comentario de Fred Gettings en su compendio histórico
sobre astrología, quiromancia y tarot, Fate and
Prediction (1980), no sólo pone de relieve la importancia
de la astrología para el estudio de la psicología,
sino que indirectamente suscita interrogantes sobre el profundo
efecto que este arte ha tenido en otras ramas del saber humano,
desde la religión y la filosofía hasta el arte
en sus variadas manifestaciones. Para comprender tal influencia
es preciso revisar la concepción que los antiguos tenían
de la astrología, considerada como la “más
científica de todas las ciencias ocultas”, según
indicaría O.E. Neugebauer en su obra The Exact sciences
in Antiquity (1951).
Edificios
apotrópicos
La astrología, además de ser una ciencia
anterior a la astronomía, no puede separarse de ella
del todo, ya que estaba basada tanto en matemáticas
como en astronomía. De hecho, las palabras latinas
astrología y astronomía, designaban
lo que hoy denominamos astrología. En el idioma
inglés, hasta principios de la Ilustración,
el término astronomy todavía abarcaba
ambos significados.
La ciencia astrológica tuvo sus comienzos en Mesopotamia,
entre los caldeos, casta de sacerdotes babilónicos
que consideraban a las estrellas como seres vivos, capaces
de influir en los destinos de los individuos, naciones y razas.
Los babilonios valoraban a los siete planetas como fuerzas
o poderes divinos y les adoraban como tales, según
muestran columnas de sus monumentos con bajorrelieves representando
los planetas. La astrología se extendió desde
Babilonia al resto del Oriente Medio, especialmente Egipto
donde encontró terreno abonado. Allí se sistematizaron
los preceptos formulados por los caldeos y los astrólogos
se hicieron accesibles al pueblo: se les consultaba sobre
toda clase de asuntos, ya fueran negocios, política
o amor; hubo incluso algunos personajes de clase alta que
solicitaron la representación artística de su
horóscopo individual como el encontrado en el pequeño
templo de Déndera o en el pronaos de algún otro
templo del país del Nilo. Según veremos más
adelante, milenios después se llevarán a cabo
representaciones similares de horóscopos individuales
en algunos templos de la Italia renacentista. De forma que,
tanto en la Antigüedad como en épocas posteriores,
las representaciones astrológicas no se limitaron sólo
a reflejar las correspondencias zodiacales en el sentido estricto
de la palabra, sino también su acción sobre
los hombres.
Esta influencia práctica de los astros sobre la vida
en la tierra sería descrita por Aristóteles,
quien llegó a describir los astros como deidades incorpóreas
con inteligencia sobrenatural. No en vano en Grecia, al igual
que en Egipto, la astrología arraigó profundamente
y sería discutida por diferentes escuelas filosóficas.
En tiempos de Platón, los cuerpos celestes alcanzaron
categoría de dioses. Ya no se hablaba de los astros
Saturno, Hermes o Afrodita, sino que se les representaba en
la bóveda celeste como “dioses astralizados”
y se les denominaba sólo por su nombre.
Teniendo en cuenta tales atribuciones, no debe sorprender
que los elementos astrológicos más característicos
–los planetas (siete en el Antigüedad) y el zodiaco
con sus doce signos- representados en los mosaicos romanos
de termas y templos y también en los primeros edificios
sacros cristianos-, no fueran un mero elemento decorativo
y plástico: poseían un poderoso efecto talismán,
es decir, al margen de su valor didáctico y decorativo,
se les confería un significado mágico-apotrópico
(conjurador del mal) que actuaba como agente protector. Edificios
como el Panteón de Roma o el Septisonium de Séptimo
Severo se erigieron precisamente bajo la protección
de los dioses planetarios representados por estatuas.
Los
siete planetas
Tras la condena cristiana a las artes adivinatorias que
supuso cierto retroceso en las representaciones astrológicas,
a finales de la Edad media y el Renacimiento se recupera la
antigua tradición de representar el destino mediante
los signos zodiacales y los siete planetas. Los secretos del
curso del año estaban ligados a los misterios sobrenaturales
de la historia sagrada y el valor supersticioso que se les
había conferido durante siglos todavía les convertía
en elementos ornamentales con elevado significado apotrópico.
Las numerosas pinturas murales, esculturas, cuadros, manuscritos,
miniaturas y grabados en cobre y madera realizados desde el
Medioevo muestran el gran interés humano por la “representación
del destino”. Estas obras vienen a ser en definitiva
variaciones sobre el viejo tema de las doce divisiones del
año y su rica iconografía iluminó el
mundo del arte hasta bien avanzado el siglo XVII.
Las artes gráficas del periodo medieval hicieron gran
uso de los siete planetas con sus nombres antiguos considerados
como instrumentos de la dirección divina. Unas veces
se les asignaba ángeles que supuestamente les hacían
moverse, otras se les personificaban como potencias naturales
integrándolos en una concepción del cosmos basada
sobre la dualidad del alma-cuerpo y, conforme a la antigua
mística de los nombres, se les hacía corresponder
con todas las heptadas posibles: las siete artes liberales,
las sietes virtudes, los pecados capitales, las notas de la
escala musical, etcétera. Aunque no se tratara de una
influencia astrológica, era al menos una indicación
de la misma.
En los castillos europeos del siglo XII se pusieron de moda
los tapices y techos con los planetas. En el frontispicio
del castillo de Heidelberg, por ejemplo, los planetas aparecen
junto a las virtudes cardinales y también se encuentran
en numerosos edificios burgueses del renacimiento alemán.
Asimismo, los siete planetas se reprodujeron en bajorrelieves
de la torre de la catedral de Florencia, ejecutados por el
escultor Andrea Pisano; en Santa María del Pueblo en
Roma los planetas están rodeando a Dios Padre; en el
templo Malatestiano de Rímini adornan la “capilla
de los planetas”, obra de Agostino di Duccio. Además
de reflejar todas las correspondencias entre cielo y tierra,
aparecen con trajes antiguos y al estilo humanista, pero conservando
todavía el espíritu medieval.
A pesar de sus orígenes paganos, los artistas tampoco
desdeñaron el antiguo uso pagano del horóscopo
individual. En la cúpula de la capilla mortuoria del
banquero Agostino Chigi, por ejemplo, Rafael representó
a los planetas con ángeles guardianes cristianos, junto
con el horóscopo personal de Chigi.
El influjo de la astrología se dejó sentir por
doquier en iglesias y catedrales donde además de los
planetas se reprodujeron los símbolos zodiacales. En
las vidrieras de la catedral de Chartres refulge Piscis (tradicionalmente
era asimismo representación de Jesús); en la
iglesia de Saint Mary en Shrewsbury hay un panel con el signo
de Cáncer; en la iglesia de San Miguel de Turín
están esculpidos los signos del zodiaco; en el suelo
de la iglesia de San Miniato del siglo XIII (Florencia) se
encuentra un zodiaco en mármol con gran influencia
árabe.
Además de estas magníficas muestras artísticas
en edificios y templos con motivos astrológicos, fue
en los códices y miniaturas donde alcanzaron su máximo
esplendor. Los campos de la medicina y la agricultura, tan
relacionados con las fuerzas cósmicas y a la vez tan
prioritarios para el hombre medieval, figuraron entre los
más representados.
Miniaturas
y grabados
La influencia de la astrología en la medicina se
observa en los denominados hombres zodiacales en los cuales
cada parte de la anatomía se simbolizaba con el signo
que influía directamente sobre ella. Entre estos hombres
zodiacales cabe destacar los del Tractatus de Pestilencia,
de M. Albik (siglo XV) donde se aprecia el influjo del
zodiaco en el cuerpo humano. No podían tampoco faltar
las representaciones de los cuatro temperamentos, según
la concepción de médicos y filósofos
de la Antigüedad que los consideraban regidos por los
planetas. Venus, por ejemplo, influía el temperamento
flemático, Júpiter el sanguíneo (jovial),
Marte se asociaba al bilioso y Saturno con el melancólico,
que tan magistralmente reproduciría Alberto Durero
en su grabado en cobre La Melancolía, así
como Lucas Cranach en algunos de sus lienzos. Otros
grabados notables con dichos temperamentos figuran en la obra
de L. Thurneysser, Quinta esencia (1574).
También se hicieron ilustraciones de los síntomas
de muchas enfermedades, como la sífilis, supuestamente
causada por la conjunción de Júpiter y Saturno
en Escorpio, y se mostró la influencia de los planetas
en el rostro, según la concepción fisiognómica.
En relación con la agricultura proliferaron los calendarios,
“utensilios” imprescindibles para pastores y campesinos
cuyas tareas requerían conocimientos de los cielos
y las estaciones. Estos calendarios no sólo contenían
datos agrícolas, como el signo del zodiaco en el que
salía el sol o la fecha de la siembra, sino también
sobre la naturaleza de los hombres nacidos en tal signo e
indicaciones astrológicas relativas al momento más
favorable para cortarse los cabellos, dedicarse al cuidado
y aseo personal, etcétera. Para las ocupaciones terrestres
de cada mes, en el campo o en la corte, se representaba a
los hombres nacidos bajo cada astro. Se incluían también
versos populares explicativos del destino, así como
indicaciones varias sobre la naturaleza del planeta en cuestión,
la profesión y el carácter de los nacidos bajo
cada signo. Hay manuscritos iluminados que datan de finales
del siglo XV y se encuentran en Ulm, Tubinga, Casel y Módena.
Las miniaturas de Tubinga son especialmente originales: en
el cielo aparecen no sólo como en un blasón
las representaciones estilizadas de los diversos planetas
con sus casas zodiacales, sino también todas las constelaciones
que les acompañaban, llamadas “Paranatellonten”.
La relación entre los siete planetas y los doce
signos zodiacales también se reprodujo en numerosos
manuscritos; algunos de ellos, franceses del siglo XV, se
encuentran en la Biblioteca Nacional de París.
Mientras los grabados en madera del calendario daban al campesino
y al artesano su información estacional, los grandes
nobles decoraban las estancias de sus mansiones con tapices
llamados “planetarios” porque en los bordes
se representaban las ocupaciones de cada mes con los signos
del zodiaco. También leían manuscritos magníficamente
decorados con los signos del zodiaco. Uno de los más
bellos y exquisitos sobre esta temática fue el manuscrito
francés “Les très riches heures du
Duc de Berry”, incunable del siglo XV que se encuentra
en el Museo Condé (Chantilly) y contiene alegorías
de las constelaciones y los planetas. Andreas Cellarius Palatini
realizó mapas excepcionales del firmamento estrellado
en su Atlas Coelististellati seu Harmonia Macrocosmica
(1661), los cuales se encuentran diseminados en diferentes
museos y bibliotecas europeos, entre ellos la Biblioteca
Nacional de Madrid. Son igualmente excelsas las miniaturas
ilustradas que componen el manuscrito italiano “De
Sphaera”, del siglo XV (Biblioteca Estense, Módena)
con los planetas individuales y los atributos de cada signo.
Otro tanto puede decirse de la representación zoomórfica
del cosmos en la obra Astronomicum Cesareum, que Pedro
Apiano dedicó al Emperador Carlos I en 1540 (Museo
Naval, Madrid) y de los códices del siglo XIII
con signos del zodíaco en la Biblioteca de El Escorial
(Madrid). Uno de ellos, el denominado Breviaire d’amour,
introduce modificaciones específicas en la interpretación
general de los signos zodiacales. Entre los grabados en madera
destacan los de Hans Sebald Behan (siglo XVI) donde se relacionaban
los gremios con los planetas.
Al margen de ser ilustrados en calendarios, manuscritos y
grabados, los nativos de los planetas reaparecen en la arquitectura
hacia el año 1400: pueden contemplarse en los historiados
capiteles de las columnas del palacio de los Doges en Venecia
y también en el Vaticano. Allí embellecen los
techos de las estancias de los Borgia pintados por alumnos
del pintor Pinturicchio con representaciones celestes de los
siete planetas en su carro triunfal.
Hacia mediados del siglo XVII, dichas imágenes comienzan
a desaparecer de los techos y paredes de los palacios, así
como de las planchas de cobre o de madera de los grabadores.
Ocurrió lo mismo con los otros temas que dependían
directa o indirectamente de la superstición astrológica
como los cuatro temperamentos que habían figurado en
muchos calendarios, grabados en madera y manuales prácticos
con escenas de sangrías y dibujos de los meses y los
nativos de los planetas. Sin embargo, habían llegado
a penetrar en la obra de grandes maestros de la pintura y
la escultura. Recordemos los Cuatro Evangelistas o
la citada Melancolía, de Alberto Durero. La
imagen del astrólogo, el gran iniciado de la astrología
del repertorio de pintores y grabadores no se perdió
del todo (ver recuadro) y, de hecho, en el siglo XIX, algunos
románticos se atrevieron a evocarlo en las artes gráficas,
así como el mágico y onírico mundo astrológico
que incluso ilustró barajas de cartas victorianas.
El pequeño formado ha prevalecido y en el siglo XXI
no es raro encontrar cajas de cerillas o sellos de correos
con los signos del zodiaco. Son piezas curiosas, delicadas
incluso, muy distintas de los frescos monumentales y las exquisitas
miniaturas de nuestros ancestros.
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FRESCOS
ASTROLÓGICO-MITOLÓGICOS
Hasta
nosotros no ha llegado ninguna otra síntesis
astrológica-mitológica con motivos decorativos
tan extraordinaria como que las que ofrecen los frescos
italianos del salón del Palacio Schifanoia de
Ferrara realizados por Francisco de Cossa y Cosmè
Tura, y los de Taddeo Zuccaro (1529-1566) de Villa Farnèse
en Caprarola, estos últimos fueron realizados
en el estilo clasicista surgido tras la etapa del manierismo
en Roma a finales del siglo XVI.
En los frescos del palacio de verano del conde Borso
d’Este en Ferrara (realizados entre 1460 y 1470),
gracias a la restauración iniciada en el siglo
XIX, todavía pueden contemplarse los signos del
zodiaco y las diferentes estaciones. El esquema para
la decoración de dicho salón fue elaborado
por el astrólogo Pellegrino Prisciani. Se asignaron
doce zonas, partiendo de un pedestal pintado hasta la
altura del techo, a cada mes del año. Cada zona
fue a su vez dividida horizontalmente en tres. Las superiores
muestran los regentes astrológicos del mes marchando
en procesión triunfal. Las zonas medias, más
estrechas, recogen los signos del zodiaco y los demonios
astrológicos. Por ultimo, las inferiores –dos
veces tan altas como las zonas medias- están
dedicadas a una escena de la vida cortesana conectada
con un mes del año.
Hubo otra maravillosa obra monumental de características
similares realizada por Giotto -el ciclo de los frescos
de la sala de los gigantes del Palacio de Justicia de
Padua- al parecer, inspirado por el célebre mago
Pedro de Abano. Desgraciadamente, las pinturas murales
ejecutadas según los bocetos de Giotto se deterioraron
pronto y fueron reemplazadas por nuevos frescos hacia
principios del siglo XV. No parece improbable que el
objetivo del pintor para llevar a cabo un trabajo tan
impresionante fuera ofrecer un compendio de astrología
en una ciudad donde esta era una de las principales
materias enseñadas en la Universidad. Recordemos
que en la antigüedad los astros servían
de jueces, emitían el juicio del destino (judicia
fatorum).
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EL
ASTRÓLOGO: FIGURA MÁGICA
En
épocas pasadas, la astrología no sólo
fue un popular tema de inspiración para los artistas,
sino también la representación gráfica
de sus practicantes. Los antiguos romanos ya habían
representado a los astrólogos en fastuosos sarcófagos
esculpidos. Son muchas las imágenes que recuerdan
la profesión del astrólogo como en una
pintoresca estampa francesa del siglo XVII (parte de
una colección dedicada a los diferentes gremios)
donde aparece vestido con los instrumentos de su arte
y los signos zodiacales adornando su indumentaria.
En su lienzo Escuela de Atenas, Rafael se pintó
a sí mismo hablando con Ptolomeo y Zoroastro,
ambos adeptos de la ciencia de los astros. También
Giorgione retrató esta profesión ornamentándola
según el gusto romántico imperante en
el siglo XV. Franz van Mieris recreó su figura
en el cuadro de un joven con un globo terráqueo
en la mano (siglo XVII, Nacional Gallery, Londres).
El tema se encuentra en tazas de loza y en grabados
populares hasta bien entrado el siglo XVII y, aunque
se ha seguido tratando hasta nuestros días, la
representación del gran iniciado de la astrología,
ese personaje de fantasía vestido con traje oriental
o grecorromano, brújula y globo terrestre en
mano, en general se ha desvanecido del repertorio de
los pintores y grabadores modernos.
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ASTROLOGÍA
EN EL MUNDO ANTIGUO
-La
creencia en la astrología fue prácticamente
universal en la antigüedad. Caldeos, fenicios,
egipcios, persas, griegos, hindúes y chinos tenían
zodiacos que eran muy similares de aspecto.
-Los primeros horóscopos griegos que se conservan
en papiros o grafitos proceden del siglo I a.C., pero
se cree que la práctica astrológica debía
de ser mucho más antigua.
-El Antiguo Testamento de los judíos está
plagado de alegorías astronómicas y astrológicas.
-Los árabes llevaron su interés por la
astrología a la vida cotidiana y Abd al Wahid
(siglo XVI) diseñó platos con los signos
del zodiaco. El sistema de influencias sobre la profesión,
el carácter y el destino transmitido por la literatura
árabe también se dejó sentir en
las culturas mediterráneas.
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