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EL CAMINO HACIA EL ÉXTASIS
(publicado en Año Cero, nº 142, mayo
2002, páginas 18-26).
©
Isabela Herranz
El
éxtasis es la más rica y renovadora de todas
las experiencias que pueden acontecer al ser humano. Las vías
son múltiples según se observa en los numerosos
testimonios de personas que lo han experimentado. Se produce
con relativa frecuencia y sus efectos se dejan ver en diferentes
niveles: abren muchas puertas a formas de ser más libres
y vitalizadas.
“Hace
diez años participé en varias mesas peruanas
de purificación. Al final de una de ellas, cuando el
chamán me había limpiado el aura y estaba distribuyendo
una planta carnívora del Amazonas que se emplea para
limpieza interior, me susurró al oído que no
la necesitaba. Mientras los demás tomaban la dragona
me senté en el suelo a meditar junto a la mesa ceremonial.
Varias velas iluminaban tenuemente la estancia. De pronto
sentí una fuerte luz que me invadía y rodeaba
por completo. La luz vibraba y aquello era difícil
de soportar sin moverse de forma que empecé a mecerme
con suavidad disfrutando de la sensación de amor, placer
y bienestar que me transmitía. Cuando el chamán
terminó el ritual y poco a poco se fue desvaneciendo
aquella luz resplandeciente, abrí los ojos y me dije:
‘Quiero tener esta luz conmigo donde quiera que vaya’.
A partir de ahí empecé a ver el mundo de otra
forma y a sentirme llena de luz, amor y alegría. Desde
ese momento mi vida ha transcurrido por múltiples cambios
y pruebas, como si el universo me estuviera guiando en una
limpieza profunda, que en ocasiones he soportado pensando
en que un día me volverá a invadir la luz del
amor universal”.
Este relato
de María del Carmen Edlin, secretaria de 50 años,
describe una vivencia que podríamos calificar de extática
-por el gozo espiritual implícito en la misma- aunque
no tuviera nada que ver con los éxtasis místicos
de santa Teresa de Jesús, la mejor exponente del fenómeno.
“En ese grado de oración, me ha sucedido alguna
vez encontrarme de tal modo fuera de mí que ignoraba
si la gloria de que se me había llenado era una realidad
o un sueño”, confesaba la santa en Su vida.
Su descripción no podía ser más exacta,
ya que el término éxtasis viene de la raíz
ex stasis –estar fuera de uno mismo-, es decir,
pleno de una emoción demasiado fuerte para ser contenida
en el cuerpo o comprendida por la mente racional.
¿Qué es el éxtasis?
Aunque los
místicos de la antigüedad opinaban que el éxtasis
es algo extremadamente raro –el individuo tiene la impresión
de sentir cómo su espíritu se une a la divinidad
en otro plano trascendente al que ha sido transportado-, en
la actualidad se consideran como extáticas experiencias
muy diversas como lo muestra, por ejemplo, la definición
que nos ofrece el doctor neoyorquino Mike Samuels, especializado
en técnicas médicas de visualización:
“Él éxtasis es un estado no ordinario
de la mente que incluye estados de trance, sueños lúcidos,
visiones, alucinaciones, ensueños y meditación
profunda”. Esta definición permite incluir entre
muchas otras las experiencias de los chamanes (auténticos
“especialistas” del éxtasis”), así
como las de aquellas personas que entran en trance durante
un frenesí colectivo incontrolable como les ocurrió
a los maniacos danzantes en la Italia del siglo XIV, a los
convulsionarios de Saint Medard en la Francia del siglo XVIII,
a los pentecostalistas americanos del siglo XX y por qué
no a los nazis seguidores de Hitler enfervorizados por el
poder de oratoria de su líder, junto con la música
y el ceremonial adecuados. También los artistas de
todo género han descrito con frecuencia como extáticas
las experiencias visionarias en momentos intensos de inspiración.
Aunque dichos
trances poco tienen que ver con el éxtasis místico
en el que el sujeto tiene la certeza absoluta de que Dios
está presente no parece que sea preciso ser artista,
chamán, o fanático político o religioso
para disfrutar de una experiencia extática. Son numerosas
las personas que las han tenido al menos una vez en la vida.
Para muchas de ellas ha supuesto una especie de “premio
extraordinario” a un largo proceso de búsqueda
espiritual (si prosiguen con prácticas de meditación
específicas consiguen incluso repetirlas con relativa
facilidad), mientras que otras han disfrutado de la experiencia
sin haberla buscado expresamente. Sea como fuera, a todas
ellas las ha pillado desprevenidas. El investigador americano
Dennis Stillings nos ha contado la suya: “La única
experiencia extática que recuerdo haber tenido aconteció
cuando tenía 18 años y trabajaba en un turno
de noche en Green Giant, una empresa conservera de verduras.
El trabajo era fácil pero sucio. Como tenía
mucho tiempo libre aprovechaba para leer. Un día acababa
de terminar la lectura de los Diálogos de Platón
y me dirigí a las cocinas. Recogí la grasa sobrante
de las verduras envasadas y mientras la llevaba al vertedero
en una carretilla sentí que flotaba aproximadamente
un metro por encima de mi cabeza. Para mí fue literal
y definitivamente una experiencia extática. Enseguida
me encontré de nuevo en las cocinas con la carretilla.
El paseo había durado unos diez minutos, pero tenía
la sensación de que el tiempo se había detenido.
Estaba claro que había hecho el viaje porque la carretilla
estaba vacía. Sin duda tales experiencias no son lo
mismo cuando se cuentan. Como suele decirse, ‘uno tiene
que estar allí presente’, pero lo cierto es que
aquello me permitió comprobar que existen otros estados
de conciencia”.
¿Quién
puede negar que esta curiosa experiencia no fuera extática?
Tal vez no fuera mística del todo, pero sin duda fue
extática para Stillings, aunque no poseyera todas las
características habituales en los estados extáticos
(ver recuadro).
En relación
con su posible “validez”, el antropólogo
irlandés Patrick Meehan, especialista en la interacción
humana con ordenadores, apunta que “la experiencia mística
puede no ser suficientemente tangible como para ser descrita.
Cualquier explicación de la misma será siempre
subjetiva y dejará preguntas sin responder. ¿Viene
de dentro o de fuera? ¿Es real o percibida? Sin embargo,
ya sea espontánea o se obtenga mediante meditación,
drogas, ejercicio, rezos e incluso con sexo (dejemos a los
metafísicos que se ocupen de las diferencias) siempre
dará al testigo la impresión de que un velo
se levanta en otra dimensión y que la realidad queda
suspendida de alguna forma”.
Como apunta
Meehan es tanta la diversidad de las experiencias extáticas
y tan difícil precisar la cualidad de las mismas que
una forma de acercarnos a ellas ha sido entrevistando a una
serie de personas en España, Inglaterra y Estados Unidos.
Todas nos han ofrecido sus testimonios convencidas de que
sus experiencias han poseído ese carácter de
elevación y unión con la divinidad que caracteriza
al éxtasis. Aunque no todas han tenido la misma profundidad,
duración o influencia posterior en la vida de los testigos
nos prueban que no son tan raras como suele creerse, tal vez
porque muchas veces no queremos ni siquiera reparar en esos
destellos que ocasionalmente van iluminando nuestra vida.
A veces son tan deslumbradores por su dramatismo que es imposible
sustraerse a los mismos. Así se observa en una experiencia
cercana a la muerte que nos ha facilitado el investigador
americano Kenneth Ring, autoridad mundial en dicho campo.
Aconteció el pasado año a una amiga suya a raíz
de un accidente de coche en el que estuvo a punto de perder
la vida. No relataremos los múltiples traumatismos
que sufrió su cuerpo (actualmente bastante recuperado),
baste citar que al colisionar se vio proyectada hacia una
luz en cuya presencia sintió una profunda paz. “Ya
no tiene miedo a la muerte y aprecia mucho más la vida
-nos explica el doctor Ring-. Después de escuchar su
historia tuve la intuición de que tal vez debería
plantearse trabajar ayudando a los moribundos. Antes de expresar
esta idea, ella misma la verbalizó”.
Sin duda,
experiencias tan dramáticas como esta facilitan enormemente
la apertura espiritual y ayudan incluso a reorientar la vida,
pero conviene señalar que en general las experiencias
extáticas, por valiosas que sean, no siempre son garantía
de una transformación estable o permanente a pesar
de que las personas que las tienen suelen sentirse renovadas
por la experiencia. Para algunas incluso es tan familiar que
la han integrado en sus vidas con toda naturalidad. Tal es
el caso del mexicano Alfonso Pérez que lleva más
de tres décadas consumiendo substancias naturales que
alteran la conciencia como la ayahuasca y el peyote y que
siendo muy joven se sometió al ritual de la danza del
sol donde fue colgado del pecho con garfios, según
prueban numerosas cicatrices. Aunque las transformaciones
internas que este hombre del camino rojo, según
se hace llamar siguiendo la tradición sagrada de su
país, son indescriptibles, las da por hecho:
“Nunca me han hecho volar -nos confiesa-, simplemente
me han permitido establecer una conexión total con
todo mi ser, es decir, sentirme bien conmigo mismo. Hace mucho
que presido mesas rituales y ayudo a los participantes a curarse
y a encontrarse a sí mismos”.
Otra persona
que también aprecia estas experiencias en lo que valen
pero considerándolas como algo natural es la doctora
en ciencias físicas Patricia Rivera, aunque ella ha
optado por explorar mediante una vía que nada tiene
que ver con las plantas psicotrópicas.
La senda más larga
“Tengo
44 años y llevo practicando técnicas de meditación
y relajación desde los 16 -nos cuenta Rivera-. Las
experiencias más significativas que he tenido, desde
el punto de vista espiritual o místico, han tenido
lugar mediante la práctica del Conocimiento que
consiste en cuatro técnicas enseñadas por el
gurú Maharaji (deben realizarse a diario al menos 15
minutos cada una). Las experiencias más extendidas
y rutinarias que se dan cuando hacemos las prácticas
en grupo incluyen intensas percepciones de luz y sonidos armónicos,
así como sentimientos de paz y amor y la sensación
profunda de ‘haber vuelto a casa', ‘estar en el
camino correcto'. También es frecuente acceder a estados
de conciencia muy elevados. Personalmente siento como si en
el estado de vigilia normal fuese tonta y ciega, como una
zombi incapaz de percibir la `realidad' que se me presenta
delante. Esta realidad, a la que sólo tengo acceso
cuando entro en esos estados de conciencia superiores, incluye
la visión total del Universo como un enorme teatro
de marionetas, en el que todo, hasta lo más insignificante,
está regido por un mismo Poder. Sabes que se encuentra
ahí, lo percibes claramente, y tienes la sensación
de que `todo está en su sitio'. Los primeros dos o
tres años me sentía casi como una extraterrestre
debido a la cantidad de experiencias de luz, sonidos, vibraciones
por todo el cuerpo, sentimientos de amor. Era como si me hubiesen
abierto unos sentidos que antes estaban cerrados, pero ahora
la práctica del Conocimiento me da un referente
interno e inmutable que crea la sensación de eternidad.
Este sentimiento de ser eterna y de que la existencia tiene
un sentido es en definitiva lo que más afecta mí
día a día. Sigo viendo la luz, pero ya estoy
acostumbrada después de tantos años, así
que ni siquiera le doy importancia”.
No todo
el mundo consigue acceder fácilmente a la experiencia
mediante prácticas de meditación, aunque lo
hayan intentado. Afortunadamente, esta se produce a veces
con bastante frecuencia en un estado de duermevela. Maureen
Thompson, secretaria de 49 años, lo sabe muy bien:
“Desde que tenía trece años he venido
teniendo una media de tres experiencias extáticas al
año. Suelen producirse cuando estoy en una especie
de trance, tumbada en la cama, a veces antes de dormir y otras
después. Difieren claramente de los sueños porque
son muy reales y su impacto suele durarme días. Fundamentalmente
siento una emoción intensa al contactar con un ser
invisible. Al principio suelo sentir frío, pero cuando
se produce el contacto siento un calor intenso y luego una
sensación en el corazón que describiría
como de apertura y amor. Me deseo de unirme a él es
intensísimo, pero no en el sentido sexual sino mental
y emocional. La sensación de gozo es total y cuando
vuelvo en mí a veces me sorprendo llorando de felicidad.
He intentado muchas veces acceder a la experiencia meditando,
pero no lo he conseguido”. Tras leer muchos libros espirituales
y científicos que le permitieran encontrar una explicación
a estas experiencias, Thompson se ha negado a aceptar que
sean meramente productos biológicos de la función
cerebral: “Creo que tienen que ver con la fuerza de
la vida misma y con cómo se proyecta esta a otras dimensiones
en el tiempo y el espacio y contacta con la divinidad”.
Desde su
amplia experiencia con substancias que alteran la conciencia,
así como en el campo de la psicología transpersonal,
Jorge Ferrer, profesor de psicología del California
Institute of Integral Studies (San Francisco) y autor
del libro, Revisioning Transpersonal Theory: A Participatory
Vision of Human Spirituality, también comparte
de algún modo la visión de la anterior testigo:
“Las llamadas experiencias extáticas son el resultado
de un contacto más directo (dependiendo de la intensidad
de las mismas) bien con la energía de la Vida que nos
revitaliza y de la cual emerge nuestra sexualidad, o bien
con la energía de la Conciencia que nos da auto-conciencia
y de la cual emerge nuestro sentido espiritual. Las distintas
estructuras a través de las cuales funcionamos -somáticas,
emocionales, mentales, etcétera- deben considerarse
como filtros canalizadores de dichas energías: pueden
filtrarlas limpiamente o bloquearlas mediante condicionamientos,
miedos o conflictos”.
Amor, sexo y ouija
A diferencia
de los testimonios anteriores, hay muchas personas que tienen
un atisbo de la divinidad mediante la práctica sexual,
especialmente si sienten amor. La exaltación producida
por el magnetismo sexual y amoroso favorece la apertura a
la trascendencia. En los Upanishads se habla del rapto
extático ante la posibilidad de la supresión
de la conciencia del mundo exterior e interior cuando se abrazan
un hombre y una mujer que se aman de verdad. Los testimonios
de los auténticos amantes hablan de una fusión,
de la sensación de convertirse en un solo cuerpo, de
ver luces, oír sonidos... Tal es la experiencia de
un psicólogo americano que prefiere mantenerse en el
anonimato. La obtiene con cierta regularidad con una mujer
a la que ama apasionadamente desde hace años y con
la que ha conseguido un nivel de comunión poco frecuente:
“Sólo soy consciente de mi deseo de fundirme
con ella y convertirme en ella mediante una unión extática.
Pero en mi mente -¿o se trata de mi alma?- me estoy
abriendo a Dios y entregándome a él. Cuando
ella me toma siento como si entrara en Dios. Todo es sagrado
y vibro con energías divinas que se renuevan hasta
que me disuelvo hecho añicos y mi yo desaparece mientras
me sumerjo en el fuego divino. El momento del impacto es esa
aniquilación. La Dicha lo invade todo, fluye la luz”.
Experiencias
como esta, fruto del amor y la comunión de dos almas,
son sin duda un tesoro para quienes las disfrutan. Otras,
en cambio, aunque acaben felizmente pueden surgir de las tinieblas.
La experiencia extática de Lynn Collier tuvo lugar
hace quince años y comenzó con una sensación
de angustia inenarrable: "Había estado en casa
jugando a la ouija con unos amigos y unos días después,
hacia las tres de la mañana, tuve la sensación
de ser invadida por un fuerza oscura y diabólica poderosísima.
Mi novio estaba conmigo y tuvo que sujetarme porque yo me
agitaba repitiendo sin cesar 'tengo que amar, amar, amar...'.
Nunca había experimentado nada igual. Estaba horrorizada,
la fuerza que me invadía no era de este mundo. Tras
un largo forcejeo, mi novio, muy asustado, exclamó:
'Mira Lynn, Dios acaba de entrar en el cuarto'. En menos de
un segundo todo cambió y me sentí plena de felicidad
y alegría. ¡Fue tan fácil! Sólo
tuve que elegir el amor y entonces se produjo el milagro:
fue el éxtasis de ver y sentir a Dios y saber que aunque
muriera nada importaba siempre que tuviera ese amor conmigo.
Me di cuenta de que la experiencia iba a cambiar mi vida por
completo y así fue. Aunque han pasado muchas cosas
en estos últimos años sigo sintiendo lo mismo".
Afortunadamente
para esta mujer una experiencia que comenzó de forma
angustiosa derivó en un éxtasis inefable. Sin
embargo, esto no suele ocurrir cuando la experiencia se busca
por la vía de las drogas.
Éxtasis a la carta
En la actualidad,
la búsqueda del éxtasis no sólo se ha
intensificado hasta convertirse en algo obsesivo sino que
cada vez se tiende a “recortar” el tiempo para
acceder a él. A la mayoría de los jóvenes
no les sirve la larga senda de la meditación para alcanzar
a Dios: desean alcanzar el éxtasis aquí y ahora
mediante músicas electrizantes, sexo, indulgencia en
el alcohol y en el consumo de drogas como el MDMA y sus últimos
derivados, que estimulan la conciencia empática.
En relación
con el consumo de substancias como el éxtasis, el peyote
y los hongos sagrados Jorge Ferrer señala que “los
problemas puntuales –incluso la muerte- que suelen resultar
del consumo de estas substancias se suelen deber, casi sin
excepción, a la ausencia de una preparación
psicológica adecuada o por tomarlas en un contexto
inadecuado. Tomadas con la intención correcta pueden
ayudarnos a desestructurar muchos de nuestros bloqueos permitiéndonos
el acceso temporal a cualidades humanas más libres,
vitales y sutiles como el amor incondicional, la ausencia
de vergüenza, la compasión genuina o estados de
conciencia pura”.
Sin duda,
el deseo de experimentar el éxtasis es legítimamente
humano, pero la búsqueda del mismo con la ayuda de
peligrosas drogas que se mezclan “sin ton ni son”
no sólo esconde un deseo de ahogar las frustraciones
o la apatía vital, sino que entraña el riesgo
de morir en el intento, según observamos cada vez con
mayor frecuencia en los medios de comunicación. Por
fortuna, no todo el mundo busca el éxtasis de forma
tan frenética y absurda. Sobre dicha búsqueda
la psicóloga junguiana Esther Harding ha señalado
que “el deseo de alcanzar el éxtasis no siempre
es una tendencia regresiva. Es parte de la experiencia de
unión entre las partes separadas de la psique y muchos
sienten que es una forma de liberarse, aunque sea por poco
tiempo, de las limitaciones del ego personal mediante la disolución
del ser o la unión con una fuerza mayor que uno mismo”.
La experiencia
buscada con esta intención no sólo es enriquecedora
sino que aporta la inspiración que nos permite afrontar
y llevar a cabo las tareas difíciles de la vida. Si
uno aprende a sintonizarse puede llegar incluso a conseguir
que se repita como le ocurre al vidente Octavio Aceves,
quien por la vía de la música ha encontrado
su camino hacia Dios.
Música y sonido
”La
música ha regido toda mi vida y me ha ayudado a crecer
–nos cuenta Aceves-. Suelo escucharla en una habitación
que tengo aislada acústicamente y la experiencia me
mantiene en un estado de armonía que me permite afrontar
un día duro. Lo podría comparar a un multiorgasmo,
pero es mucho más que eso. Es fundamental para mi bienestar
psicofísico. Normalmente escucho música barroca,
pero cuando escucho expresamente las “Cuatro últimas
canciones” de Richard Strauss siento como si la luz
penetrara en mis células limpiándome por dentro.
Es una sensación de plenitud total”.
Muchas otras
personas recurren a diversas técnicas de sonido para
explorar la conciencia y experimentar con relativa facilidad
estados que antes sólo podían alcanzarse tras
muchos años de meditación. El sistema Hemi-Sync,
por ejemplo, parte de un estado de relajación profunda
del cuerpo físico para que la mente pueda ser más
libre, ya que ayuda a la sincronización cerebral favoreciendo
esos estados de conciencia inefables. Manuel Soriano nos ha
contado su experiencia con dicho sistema: “Con los sonidos
musicales y la meditación guiada visité los
confines del universo y tuve la impresión de sentir
con mi conciencia que el universo era infinito porque por
más que me empeñaba en llegar hasta el final
no lo conseguía. Aproximadamente una hora después
de terminar el curso tuve mi primera experiencia mística
profunda: parecía que lo percibía todo desde
una distancia que me permitía ver las cosas como son
en realidad y no como siempre las había visto. Era
un estado de profunda paz y calma absolutas, como si hubiera
sintonizado con la parte más profunda de mí
mismo. En ninguna otra circunstancia he sentido nada semejante”.
Mientras
unas personas optan por la música, el sonido, el amor
y el sexo, el ayuno, la meditación o la droga en un
contexto adecuado, todavía hay muchas que simplemente
se “extasían” ante la misma vida. Su éxtasis
resulta tan natural que en un mundo tan enloquecido como el
nuestro puede parecer increíble. ¿Acaso sus
cerebros funcionan de forma distinta de los demás?
Éxtasis de vivir
Sue Hornby,
hostelera jubilada, nos asegura no necesitar drogas para experimentar
éxtasis maravillosos. Los consigue con mucha facilidad
cuando contacta con la naturaleza y cuando hace el amor: “No
hay nada superior a estas sensaciones. Me relajo, miro el
cielo, escucho la música y los pájaros y entonces
‘floto’. Me siento tan bien que simplemente me
‘voy’. Lo mismo me ocurre cuando estoy con Kevin,
el hombre del que estoy enamorada. Es una sensación
sobrecogedora. A veces tengo varios orgasmos con él
pero el éxtasis que experimento no tiene que ver con
el placer físico. Es un placer intenso y me dura horas.
Me siento fuera de este mundo. Es una sensación de
felicidad profunda, más mental que física. Me
siento flotar”.
Por su parte,
el artista multidisciplinar David Hargrave nos ha ofrecido
varios testimonios de éxtasis “natural”.
Uno de ellos le aconteció hace casi treinta años
cuando empezó a interesarse por el cambiante mundo
de las nubes tras comprender que poseían unos niveles
de vida invisibles a nuestros ojos. Contemplándolas
un día tuvo una revelación: "Vi el símbolo
PI con un ojo dentro, estampado en un nube gris evanescente,
tan evanescente que podía ver a través de ella.
El símbolo era ligeramente ultravioleta, parecía
vibrar con una presencia divina, como si procediera de Dios
o de algo increíble. Me dio la impresión de
inocencia, ingenuidad y curiosidad puras y sentí una
dicha indescriptible".
Si para
algunas personas es tan fácil tener experiencias extáticas,
quizá habría que plantearse si estas no formarán
parte de un estado natural que hemos perdido a fuerza de complicarnos
la vida. En este sentido, el terapeuta Robert A. Johnson señala
que “la gran tragedia de la sociedad occidental contemporánea
es el hecho de que hayamos perdido la habilidad de experimentar
el poder transformador del éxtasis y del gozo... Buscamos
el éxtasis por todas partes, pero en un nivel muy profundo
permanecemos insatisfechos”.
Para recuperar
ese paraíso perdido, Johnson sugiere que “reconectemos
con la capacidad de éxtasis que está inactiva
dentro de nosotros” y ofrece en su libro Éxtasis
(Kairós, 1992) una variada gama de rituales que, entre
otros, pasan por reactivar nuestra imaginación y trabajar
con los sueños. Dichas prácticas y otras que
proponemos (ver recuadro) pueden ser muy útiles para
tal fin, pero en cualquier caso conviene no olvidar que la
sensación plena de vivir es fuente de éxtasis
en sí misma: todo puede convertirse o devenir extático
para quien sabe abrirse a la vida. “Estar vivo es o,
debería ser, una experiencia intrínsecamente
extática. Y aún lo es en la mayoría de
los casos durante los años muy tempranos de la infancia”,
nos apunta Jorge Ferrer. Estamos de acuerdo con él.
¿Quién no tiene recuerdos de un éxtasis
infantil? La experiencia narrada por Malcolm de Chazal en
su obra Petrusmock no puede ser más poética
y explícita: “Cuando el niño degusta una
fruta se siente degustado por la fruta que degusta. Cuando
el niño toca el agua, se siente a su vez tocado por
el agua. Cuando el niño mira una flor, ve cómo
la flor le mira... La clave exacta de la visión que
no es devuelta la tuve un día en el jardín botánico
de Curepipe [Isla Mauricio]. Avanzaba en la luz del mediodía
hacia un seto de azaleas y entonces vi que una de las flores
me miraba. Y de pronto se convirtió en un ser. La flor
devino una flor-hada. Este suceso se corresponde con el de
la manzana de Newton, es decir, con el momento en que toda
la vida de un hombre, todo su pensamiento, vuelve a él
en una experiencia”.
Es indudable
que las experiencias extáticas han aportado un significado
nuevo, en ocasiones duradero, a innumerables personas en todo
el mundo a pesar de no ser siempre necesariamente transformadoras.
Sobre este punto Jorge Ferrer no ceja de insistir: “Pueden
abrir muchas puertas, pero el verdadero trabajo de transformación
tiene que pasar por un profundo desbloqueo energético
y somático. Al ofrecernos una referencia directa (si
bien transitoria) de que hay mucho más en la vida de
lo que normalmente percibimos y nos han enseñado pueden
ser una fuente importante de motivación para iniciar
un camino genuino de transformación personal. Para
ello hay que trabajar a fondo, de forma sistemática.
Sólo así conseguiremos que nuestros corazones
y mentes se tornen más porosos en nuestra vida cotidiana”.
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CARACTERÍSTICAS
DE LOS ESTADOS MÍSTICOS
- Inefabilidad:
no pueden describirse con palabras.
- Conocimiento:
aportan una profunda visión profunda de la
verdad que no puede obtenerse por vía intelectual.
- Transitoriedad:
raramente pueden mantenerse durante mucho rato.
En general, no suelen durar más allá
de la media hora, aunque se dan casos de experiencias
religiosas frenéticas y trances de posesión
que duran horas. Con prácticas de meditación
adecuadas no sólo pueden obtenerse con facilidad
sino con bastante frecuencia.
- Inmovilidad
e insensibilidad a los estímulos exteriores.
- Pasividad:
el testigo siente como si su voluntad estuviera
en suspenso.
- Conciencia
de unidad con todo: la existencia de todas las
criaturas se experimenta como una unidad, como todos
en uno y uno en todos.
- Sensación
de eternidad.
- Convicción
de que el ego familiar no es el yo real sino un
yo efímero ligado a lo corporal y a lo mental.
- Sentimiento
indefinible de júbilo y euforia, gloria y
purificación o, por el contrario, angustiosa
sensación de oscuridad y vacío absolutos.
- Cambio
profundo (a veces transitorio y otras duradero)
en la visión y concepción del mundo.
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TÉCNICA
DE MEDITACIÓN PARA ALCANZAR EL ÉXTASIS
-Elegir
una habitación tranquila, preferiblemente insonorizada,
con una temperatura agradable y suave iluminación.
Aunque no es imprescindible lo ideal es que esté
decorada con objetos y fotografías que nos inspiren
en nuestras prácticas.
-Es
importante que la práctica sea diaria. Aunque
puede hacerse en cualquier momento del día conviene
designarle una hora y un tiempo específicos (si
es posible en el mismo sitio de siempre). Se recomienda
hacerla al menos dos veces al día, una por la
mañana y otra por la noche, ya que estos son
momentos privilegiados.
-Cierre
los ojos y relájese, ya sea tumbado, sentado
o mejor aún en la posición del loto con
las piernas cruzadas y la espalda recta. Respire por
la nariz, pausada y uniformemente. Deje que los recuerdos
e imágenes que le atribulen se alejen de su mente.
-Al
principio puede empezarse practicando cinco minutos
e ir aumentando paulatinamente hasta llegar a meditar
durante una hora o más.
-La
regularidad y la constancia son esenciales para controlar
la dispersión mental. En las primeras semanas
el practicante se verá asaltado por ideas, recuerdos
o imágenes, pero gradualmente irán desapareciendo
dando paso a un estado interior de serenidad.
-El
soporte para la concentración puede elegirse
a voluntad (ver más abajo). Lo importante es
concentrar la mente en él y no cambiarlo constantemente
(asegúrese antes de empezar de cuál desea
utilizar). Mantenga la mente en él tan fija como
le sea posible y rechace los pensamientos intrusos.
-Practique
siempre con los ojos cerrados, manteniendo la quietud
corporal y concentrándose. Cuando el estado de
quietud sea total su conciencia le permitirá
explorar otras dimensiones y eventualmente sentir que
se reabsorbe en el universo y se libera temporalmente
de su cuerpo, mente y emociones. Si ese momento llega
habrá tenido una vivencia oceánica muy
reconfortante y vivificadora.
*Soportes
para la meditación:
Los
ejercicios sencillos de concentración (sobre
una figura, objeto, color, etcétera) son los
mejores al principio porque aunque parezcan aburridos
enseñan a la mente a disciplinarse. Cualquier
soporte es apto, las figuras geométricas son
especialmente útiles, pero también sirven
flores o animales, un rostro o un simple punto luminoso
(una estrella que brilla en el cielo, la llama de una
candela). La concentración sobre la luz blanca
es ideal para favorecer el encuentro supremo con la
divinidad, pero si tiene dificultad al principio pruebe
antes y durante un tiempo con alguno de los soportes
indicados.
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OBJETIVO
SUPREMO: LA ILUMINACIÓN
La
denominada experiencia de iluminación o conciencia
de unidad cósmica ha sido descrita por los místicos
de todas las épocas con diferentes nombres. Hace
miles de años, por ejemplo, que el filósofo
hindú Patanjali escribió en los célebres
Aforismos del Yoga, que el objetivo de la meditación
y de la vida es la obtención de esa experiencia
de conciencia unificada o conciencia pura, denominada
"samadhi" o "moksha".
En el Zen se le llama "satori", "kensho"
o "nirvana"; en el taoísmo,
"el Tao Absoluto"; en el Sufismo, "Fana";
los católicos hablan de la "Unión
mística"; los cuáqueros de la
"Luz interior"... Sin embargo, el contenido
de todas ellas es básicamente el mismo: un estado
de iluminación o expansión de la conciencia
que devuelve al meditador a la unidad originaria perdida.
En
muchos periodos históricos se ha buscado el éxtasis
deliberadamente: las prolongadas danzas de los derviches
en los países musulmanes producen un estado extático
parecido al trance. Las prácticas ascéticas
se efectúan con la misma intención: tantos
los chamanes de las tribus indias americanas como los
flagelantes del medievo, los faquires hindúes,
los esquimales o los religiosos católicos han
llevado a límites extremos la práctica
del ayuno, la soledad y el dolor físico auto-inflingido.
Por otra parte, drogas naturales como el peyote, la
marihuana, la ayahuasca, la datura, etcétera
en unión del alcohol han sido utilizadas en muchas
partes del planeta en conexión con rituales religiosos
para inducir estados extáticos de trance. En
el culto a Dionisios en la antigua Grecia los ritos
orgiásticos eran fundamentales, ya que esta deidad
no era sólo un dios de la fertilidad sino también
del vino, el éxtasis y la iluminación.
La forma más elevada de iluminación, no
obstante, se obtiene practicando técnicas de
meditación (ver recuadro). Según los budistas
cuando dicho estado se alcanza la mente del practicante
deja de existir como mente finita y es absorbida por
la mente infinita que permea todo.
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EJERCICIO
TÁNTRICO PARA DESPERTAR LA CONCIENCIA
Al
realizar esta meditación se purifica todo el
cuerpo y se exaltan los sentidos. Esta visualización
surge del vacío y regresa al vacío; sin
embargo, realmente está llena de la experiencia
consciente del ser bienaventurado. -Encuentre un lugar
tranquilo y siéntese cómodamente (ver
recuadro técnica de meditación para más
detalles).
-Visualice
rayos de luz surgiendo dentro de su corazón.
Estos rayos atraviesan su cuerpo y alcanzan el espacio
exterior iluminando todo a su paso.
-Haga
regresar los rayos reuniéndolos de nuevo en su
corazón con la ayuda de respiraciones profundas.
-Pida
a la divinidad que le ayude al despertar interior e
imagínese un disco rojiblanco en la conjunción
de los nervios del chakra del corazón. Imagine
que en él hay un punto de luz del tamaño
de una diminuta semilla y fije atentamente su mente
en él. Regule la respiración. Mantenga
firme su mente y siéntase bienaventurado. Traslade
la imaginación a los otros órganos de
los sentidos.
-Imagine
dos puntos blancos muy finos y brillantes dentro
de las pupilas de los ojos. Ciérrelos imaginando
que los puntos están ahí. Cuando la mente
se acostumbre a ellos, centre la atención en
objetos diferentes sin dejar de mantener los puntos
de luz frente a la mente. Con la práctica, los
puntos se harán cada vez más brillantes.
Cuando haya conseguido estabilizarlos llévelos
a su corazón e imagine cómo este aumenta
su brillo y claridad. Luego, traslade su imaginación
a los oídos.
-Imagine
un punto azul muy fino en cada oído y
medite en ellos. Cuando haya conseguido fijar la mente
en ellos, vaya a un lugar donde haya ruidos sin dejar
de mantener la mente fija en los dos finos puntos azules.
Con la práctica, los puntos se harán más
vívidos y no importará lo que oiga. Cuando
consiga hacer bien este ejercicio, lleve los puntos
hacia dentro y céntrelos en el chakra del corazón.
Seguidamente centre su atención en la lengua.
-Imagine
un punto rojo muy fino en la raíz de la
lengua y medite en él. Concentre la mente en
el punto rojo y cuando se estabilice la visualización,
pruebe algunos sabores distintos. Pruebe lo que pruebe,
mantenga la mente centrada en el punto a fin de que
este se haga más brillante. Cuando logre estabilizarlo
llévelo al chakra del corazón.
-Traslade
la imaginación al cuerpo y centre la atención
en un punto verde muy fino situado en la región
sexual, entre el ano y el órgano sexual. Fije
la mente en él sin tocar nada. Cuando la mente
se haya concentrado en el punto verde, toque diferentes
cosas, manteniendo la mente cerrada a fin de que el
punto se haga más brillante. Tras conseguir visualizar
un brillo muy vivo, estabilice la concentración
y lleve el punto al chakra del corazón.
-Mezcle
los puntos brillantes de diferentes colores dentro del
chakra del corazón e imagine que se disuelven
entre sí y, finalmente, se convierten en nada.
Luego, emergiendo del estado de tranquilidad profunda,
imagine que los puntos de colores surgen simultánea
y espontáneamente extendiéndose y llegando
a los órganos de los sentidos.
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