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VIDA Y MUERTE EN OLOR DE SANTIDAD
(publicado en Año Cero, nº 111, octubre
1999, páginas 68-70).
©
Isabela Herranz
Las
frases "vivir o morir en olor de santidad" suelen
considerarse metáforas poéticas aplicadas a
personas con fama de santos. Sin embargo, se ha comprobado
que dicho olor es un fenómeno real. ¿En qué
consiste? ¿Se trata de un prodigio sobrenatural?
"Mientras
yacía, escuchando en su interior la divina armonía,
su alma devota dejó esta vida mortal; en ese instante,
todos los presentes sintieron un olor muy delicioso y dulce...
Uno de mis monjes nos decía siempre con lágrimas
en los ojos que la dulzura de ese perfume no desapareció,
sino que la sintieron continuamente hasta el momento en que
el cuerpo fue puesto en el ataúd".
El protagonista de este fenómeno de fragancia después
de la muerte -un monje del siglo VI llamado Servulus-
fue coetáneo de san Gregorio el Magno, y su
historia es una de las muchas sobre el denominado "olor
de santidad" que este santo recogió en sus Diálogos.
Dicho fenómeno aparece atestiguado asimismo en otros
muchos escritos de la antigüedad: desde los Anales
que narran la muerte de san Simeón Estilita
en el año 459, pasando por las cartas que describen
el martirio del obispo san Policarpo de Esmirna (año
155) hasta la carta que los cristianos de Lyon escribieron
a sus hermanos de Asia Menor hacia el año 177 en relación
con el martirio de san Potino, santa Blandina y sus compañeros,
los cuales murieron al parecer "con el dulce olor de
Cristo".
Dada la antigüedad de estos informes podría argumentarse
el carácter legendario de los mismos o atribuir el
fenómeno a causas conocidas: era común entre
los cristianos arrojar perfumes y especias a los mártires
y embalsamar sus cadáveres. También estaba muy
extendida la costumbre de colocar incienso y plantas odoríferas
dentro de los ataúdes, lo cual podría explicar
el hecho de que muchas tumbas de santos despidieran un delicioso
aroma hasta mucho tiempo después del enterramiento.
Sin embargo, no es posible atribuir a tales costumbres la
etiología del fenómeno porque este ha sido atestiguado
modernamente por profanos y hombres de ciencia y también
se conoce en otras tradiciones religiosas.
Un caso moderno de la mística oriental es el del maestro
hindú Swami Yogananda: los numerosos médicos
que asistieron al sepelio una semana después de su
muerte en los Estados Unidos confirmaron que aún emanaba
de su cuerpo un dulce aroma de rosas.
La abundancia de testimonios históricos de gran valor
como los ya mencionados, junto con el hecho de que el "olor
de santidad" haya sido reconocido auténtico en
los procesos canónicos modernos, permiten afirmar que
este prodigio es tan real como la levitación, la hipertermia
o la elongación corporal, todos ellos fenómenos
frecuentes entre místicos y estigmatizados.
Fragancia
post mortem
El hecho de que el "olor de santidad" no sólo
se produzca durante la vida sino también en el momento
de la muerte suscita interrogantes muy difíciles de
explicar: en algunos casos excepcionales su duración
e intensidad se hace sentir en las horas que siguen a la defunción
de la persona y la fragancia no parece desprenderse de su
cadáver sino que los testigos tienen la impresión
de que impregna todo el ambiente, la cámara mortuoria
y en ocasiones a veces toda la casa. Otras veces, en cambio,
prevalece durante años: tras la muerte del Padre Pío
de Pietrelcina numerosas personas atestiguaron haber sentido
alrededor de su tumba un olor suave. A veces, estos olores
misteriosos se percibían en los lugares donde había
vivido el difunto como en el caso de la monja Marie Gabrielle
Sagheddu beatificada por Juan Pablo II en 1983, o al exhumar
los restos muchos años después. Tal fue el caso
de santa Roma de Lima, Marie del Perpetuo Socorro Tejada Cuartas,
religiosa colombiana muerta en 1925, cuyo cádaver se
exhumó dos años después.
Dado que estos casos de fragancia most mortem suelen ir acompañados
frecuentemente de otros prodigios sorprendentes como la incorrupción
del cuerpo y la ausencia de rigidez cadavérica -ejemplos
modernos de todos ellos han sido la pequeña vidente
de Fátima Jacinta Marto y la visionaria de Tilly-sur-Seulles,
Marie Martel-, la Iglesia no ha dudado en atribuirles
un carácter sobrenatural y los ha interpretado como
una especie de confirmación de auténtica santidad,
es decir, imposible de imitar.
¿Un
fenómeno patológico?
Aunque todavía no se ha podido elaborar una teoría
formal sobre la naturaleza de la fragancia post mortem,
la medicina moderna cree haber encontrado las claves que subyacen
bajo el fenómeno del "olor de santidad" en
vida y lo ha relacionado con un proceso patológico
basándose en la observación de que ciertas afecciones
del sistema nervioso modifican el olor de la transpiración
y durante los ataques de histeria o en el delirium tremens
cuyos afectados despiden olores a piña o a violetas.
También los órganos internos del cuerpo despiden
olores característicos en ciertas enfermedades: los
tísicos, por ejemplo, exhalan un olor a rosas procedente
de sus pulmones. Estas observaciones médicas podrían
explicar -al menos parcialmente- muchos de los olores exhalados
en vida por algunos místicos. La santa tuberculosa
Teresa de Lisieux, por ejemplo, exhalaba un olor a
rosas y también la mística venezolana María
Esperanza Bianchini quien en su juventud sufrió
una bronconeumonía muy grave.
La ingestión de determinadas sustancias medicamentosas
como la trementina para paliar los problemas de anuria también
suele producir en la orina un agradable olor a violetas, de
ahí que se haya pretendido explicar según esta
hipótesis el olor que exhalaba la santa Catalina
de Ricci, monja dominicana estigmatizada del siglo XVI,
aquejada de anuria. No obstante, resulta sorprendente que
dicho olor fuera aún perceptible en torno a su tumba
durante más de un año después de su entierro,
a pesar de que su cuerpo había sido encerrado en un
féretro de plomo.
En relación con el exquisito perfume que Teresa
de Jesús emanaba después de muerta también
se ha argumentado que podía haberse debido a la brucelosis
o a la acetonomía diabética que a veces produce
un agradable olor a manzanas, pero no hay certeza de que la
santa padeciera dichas enfermedades.
Sin embargo, aún aceptando la teoría de los
olores patológicos, ¿cómo explicar los
casos de estigmas odoríficos frecuentes en muchos místicos?
Sin duda, la fisiología del cuerpo humano en lo relativo
a la producción de olores es muy compleja.
Estigmatizados
fragantes
A pesar de que los científicos creer poseer las
claves del misterio de estas fragancias, cuando se analizan
los casos de místicos estigmatizados, los argumentos
anteriores resultan endebles y insuficientes.
En el caso de los exquisitos aromas exhalados por el capuchino
italiano Padre Pío, por ejemplo, algunos médicos
como Georges Duma han señalado que podían
deberse a la utilización que hacía el monje
de una solución concentrada de ácido fénico
para mantener a raya las hemorragias de sus estigmas, pero
la explicación no es tan sencilla ya que el fenómeno
de fragancias inexplicables en este religioso iba mucho más
allá de sus estigmas: también proyectaba fragancias
a distancia (ver recuadro).
Para explicar este último fenómeno no es posible
recurrir a la hipótesis de una alteración patológica,
la cual tampoco sirve del todo para aclarar el misterio que
se esconde tras el fenómeno del olor de santidad. Si
bien es cierto que las experiencias de los místicos
-ya sean sus estigmas o cualquiera de los fenómenos
que acompañan al éxtasis- son susceptibles de
provocar un estrés psicosomático muy violento
y, por tanto, una profunda modificación del metabolismo
sanguíneo que puede favorecer la emanación de
ciertos olores, es preciso tener en cuenta el trasfondo psíquico
de la experiencia. Lo más probable es que exista una
doble explicación, según lo ha expresado el
investigador Joachim Bouflet: "En la medida en
que la emisión de un olor de santidad corresponde a
una persona con una intensa vivencia de orden místico,
reviste una significación precisa, de orden carismático,
al margen de los mecanismos naturales -puestos en juego por
la experiencia interior- que, a priori, hacen inteligible
el fenómeno de la fragancia: es sobrenatural en su
causa primera pero no en su realidad objetiva ni en sus efectos".
Esta explicación del fenómeno que incluye tanto
un factor orgánico o funcional así como otro
psíquico pero de carácter "sobrenatural"
por así decirlo, tal vez no sea del agrado de todo
el mundo y mucho menos de la ciencia médica -todavía
hay escépticos que lo atribuyen a alucinaciones olfativas
producidas por autosugestión- pero si se compara con
los olores producidos por los médiums -otra categoría
de seres humanos también capaces de producir fenómenos
semejantes- es indudable que el olor de santidad se debe a
algo más que a un mero proceso fisiológico.
¿No será que el aura de fragancia natural que
rodea a muchos santos cristianos, así como a numerosos
guías espirituales de otras tradiciones religiosas
constituye una manifestación de sus logros espirituales?
Es indudable que no puede decirse lo mismo de los médiums:
estos no entran en la denominación de "personas
de calidad espiritual superior".
Fragancias
mediúmnicas
Aunque entre los médiums los casos de fragancias
son muchos más reducidos que entre los santos, se conocen
algunos casos sumamente interesantes como los protagonizados
por Stainton Moses en 1874 en sus sesiones de espiritismo.
Al parecer, al final de dichas sesiones, se percibían
fragancias que emanaban de la coronilla del médium,
pero a diferencia de los místicos que no tienen conciencia
de lo que les ocurre, Moses era plenamente consciente del
fenómeno y de que su organismo desempeñaba un
papel importante en la producción de estos aromas:
"Mientras estábamos en el jardín, antes
de sentarnos, era consciente de un aroma a mi alrededor, especialmente
en mi cabello. Al frotarme el pelo con la mano ésta
exhalaba un fuerte olor. Probé el experimento muchas
veces. Cuando el olor de menta sobrevenía era consciente
de su presencia primero cerca de mi cabeza y parecía
salir del pelo".
En las sesiones espiritistas de otros médiums modernos
como David Duguid, Margery Crandon o el marqués
Centurione Scotto los asistentes han atestiguado haber
sentido en su rostro olores refrescantes, si bien no siempre
así: a veces un olor a fósforo o a ozono impregna
la estancia. El hecho de que estos olores especialmente desagradables
alteren con frecuencia a los médiums durante sus visiones,
podría explicar que su origen es muy distinto al que
produce el olor de santidad.
En este sentido, son muy interesantes las observaciones del
doctor Larcher sobre las diferencias en la emisión
de fragancias inexplicables por parte de místicos y
de personas sin el mismo grado de desarrollo espiritual: "La
expresión 'olor de santidad' está justificada
cuando el fenómeno de la producción de olores
suaves está ligado a la actividad mística y
a los conflictos de opción que le son propios, lo cual
no excluye la posibilidad de encontrar perfumes análogos
en algunos neurópatas, ni de observarlos a veces en
sujetos carentes de vida mística. Sin embargo, aunque
los mecanismos son probablemente los mismos en todas estas
personas, su etiología es tan diferente que, en el
caso de los místicos, parece verdaderamente excesivo
reducir el fenómeno a dimensiones patológicas...
Aunque las localizaciones de perfumes al nivel del emuntorio
cutáneo, a veces se deben a predisposiciones anatomo-funcionales
también pueden, con frecuencia, deberse a un estado
del alma".
Es evidente que la senda practicada por el místico
no es la misma que la del médium, como ha señalado
el filósofo francés Aimé Michel: "La
ciencia desconocida practicada por el místico sigue
'la senda del corazón'. El prodigio se da cuando el
pensamiento del místico es presa de las sublimes emociones
del amor" (ver Año Cero nº 106). Sólo
en un "estado especial del alma" puede producirse
esa mutación prodigiosa del cuerpo capaz de permitir
vivir o morir en "olor de santidad".
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Telequinesia
molecular
Algunas
personas angustiadas o en situación de peligro
físico afirman haber percibido a su alrededor
un perfume suave que les reconforta o les alerta sobre
el peligro como si fuera un mensaje procedente de un
santo. ¿Significa esto que algunos místicos
tienen la facultad de hacer sentir su presencia espiritual
a distancia? ¿No se tratará de una superchería
dado que estas manifestaciones se prestan fácilmente
al fraude?
Aunque esta última posibilidad ha sido demostrada
en casos de algunos místicos falsos como Catherine
Filljung o el estigmatizado Fernand Llakay,
el fenómeno de la fragancia sobrenatural a distancia
se ha podido verificar en el caso de auténticos
místicos como el Padre Pío y otros
religiosos contemporáneos -Alexandrine-Marie
da Costa, Hedwige Carboni, Margaret Reilly
o Natuzza Evolo, por ejemplo-. Al intentar explicar
el fenómeno, el doctor Hubert Larcher
ha aludido a una posible "telequinesia molecular"
porque si bien sus protagonistas no siempre son conscientes
de transmitir efluvios odoríficos, al menos tienen
conciencia de enviar un "mensaje" o un "signo"
de su presencia espiritual a las personas que imploran
su ayuda.
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Objetos
con olor de santidad
El
hecho de que en los ambientes carismáticos actuales
se hayan multiplicado los casos de "iconos"
milagrosos" que exudan aceites y emanan diversas
fragancias florales, ha tendido a oscurecer otro fenómeno
parecido sumamente desconcertante: los místicos
que en vida emanan olor de santidad parecen impregnar
con las mismas emanaciones fragantes sus objetos personales
-medallas, crucifijos, hábitos, etcétera-.
Las características del fenómeno son muy
variadas: dichas fragancias no son siempre las mismas
necesariamente -unas veces son de rosas, otras de violetas
o de incienso-; se manifiestan en ocasiones en lapsos
variables de tiempo y otras incluso tras la muerte de
sus propietarios. Este prodigio ha sido atestiguado
en religiosos como Marie-Rose Ferron, Catherine-Aurélie
Caoutte o el Padre Pío y aunque a
priori no se puede excluir la posibilidad de una
alucinación olfativa por parte de los perceptores
de dichos aromas, el doctor Hubert Larcher ha
señalado que el fenómeno es real y que
su origen no se encuentra en los objetos sino en los
poseedores de los mismos que los utilizan como un "canal"
de transmisión -consciente o inconsciente- de
las fragancias que emanan sus cuerpos.
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BIBLIOGRAFÍA:
Bouflet,
Joachim: Encyclopédie des phénomènes
extraordinaires dans la vie mystique, F.X. de Guibert,
París, 1991.
Michel,
Aimé: El misticismo, Plaza & Janés,
Barcelona, 1979.
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