EL
CAMINO HACIA EL ÉXTASIS
(publicado en Año Cero, nº 142, mayo 2002, páginas
18-26).
© Isabela Herranz
El
éxtasis es la más rica y renovadora de todas las experiencias
que pueden acontecer al ser humano. Las vías son múltiples según
se observa en los numerosos testimonios de personas que lo han experimentado.
Se produce con relativa frecuencia y sus efectos se dejan ver en diferentes
niveles: abren muchas puertas a formas de ser más libres y vitalizadas.
“Hace
diez años participé en varias mesas peruanas de purificación.
Al final de una de ellas, cuando el chamán me había limpiado el
aura y estaba distribuyendo una planta carnívora del Amazonas que se
emplea para limpieza interior, me susurró al oído que no la necesitaba.
Mientras los demás tomaban la dragona me senté en el suelo a meditar
junto a la mesa ceremonial. Varias velas iluminaban tenuemente la estancia.
De pronto sentí una fuerte luz que me invadía y rodeaba por completo.
La luz vibraba y aquello era difícil de soportar sin moverse de forma
que empecé a mecerme con suavidad disfrutando de la sensación
de amor, placer y bienestar que me transmitía. Cuando el chamán
terminó el ritual y poco a poco se fue desvaneciendo aquella luz resplandeciente,
abrí los ojos y me dije: ‘Quiero tener esta luz conmigo donde quiera
que vaya’. A partir de ahí empecé a ver el mundo de otra
forma y a sentirme llena de luz, amor y alegría. Desde ese momento mi
vida ha transcurrido por múltiples cambios y pruebas, como si el universo
me estuviera guiando en una limpieza profunda, que en ocasiones he soportado
pensando en que un día me volverá a invadir la luz del amor universal”.
Este relato de María
del Carmen Edlin, secretaria de 50 años, describe una vivencia que podríamos
calificar de extática -por el gozo espiritual implícito en la
misma- aunque no tuviera nada que ver con los éxtasis místicos
de santa Teresa de Jesús, la mejor exponente del fenómeno. “En
ese grado de oración, me ha sucedido alguna vez encontrarme de tal modo
fuera de mí que ignoraba si la gloria de que se me había llenado
era una realidad o un sueño”, confesaba la santa en Su vida.
Su descripción no podía ser más exacta, ya que el término
éxtasis viene de la raíz ex stasis –estar fuera de
uno mismo-, es decir, pleno de una emoción demasiado fuerte para ser
contenida en el cuerpo o comprendida por la mente racional.
¿Qué es el éxtasis?
Aunque los místicos
de la antigüedad opinaban que el éxtasis es algo extremadamente
raro –el individuo tiene la impresión de sentir cómo su
espíritu se une a la divinidad en otro plano trascendente al que ha sido
transportado-, en la actualidad se consideran como extáticas experiencias
muy diversas como lo muestra, por ejemplo, la definición que nos ofrece
el doctor neoyorquino Mike Samuels, especializado en técnicas médicas
de visualización: “Él éxtasis es un estado no ordinario
de la mente que incluye estados de trance, sueños lúcidos, visiones,
alucinaciones, ensueños y meditación profunda”. Esta definición
permite incluir entre muchas otras las experiencias de los chamanes (auténticos
“especialistas” del éxtasis”), así como las
de aquellas personas que entran en trance durante un frenesí colectivo
incontrolable como les ocurrió a los maniacos danzantes en la Italia
del siglo XIV, a los convulsionarios de Saint Medard en la Francia del siglo
XVIII, a los pentecostalistas americanos del siglo XX y por qué no a
los nazis seguidores de Hitler enfervorizados por el poder de oratoria de su
líder, junto con la música y el ceremonial adecuados. También
los artistas de todo género han descrito con frecuencia como extáticas
las experiencias visionarias en momentos intensos de inspiración.
Aunque dichos trances poco
tienen que ver con el éxtasis místico en el que el sujeto tiene
la certeza absoluta de que Dios está presente no parece que sea preciso
ser artista, chamán, o fanático político o religioso para
disfrutar de una experiencia extática. Son numerosas las personas que
las han tenido al menos una vez en la vida. Para muchas de ellas ha supuesto
una especie de “premio extraordinario” a un largo proceso de búsqueda
espiritual (si prosiguen con prácticas de meditación específicas
consiguen incluso repetirlas con relativa facilidad), mientras que otras han
disfrutado de la experiencia sin haberla buscado expresamente. Sea como fuera,
a todas ellas las ha pillado desprevenidas. El investigador americano Dennis
Stillings nos ha contado la suya: “La única experiencia extática
que recuerdo haber tenido aconteció cuando tenía 18 años
y trabajaba en un turno de noche en Green Giant, una empresa conservera de verduras.
El trabajo era fácil pero sucio. Como tenía mucho tiempo libre
aprovechaba para leer. Un día acababa de terminar la lectura de los Diálogos
de Platón y me dirigí a las cocinas. Recogí la grasa sobrante
de las verduras envasadas y mientras la llevaba al vertedero en una carretilla
sentí que flotaba aproximadamente un metro por encima de mi cabeza. Para
mí fue literal y definitivamente una experiencia extática. Enseguida
me encontré de nuevo en las cocinas con la carretilla. El paseo había
durado unos diez minutos, pero tenía la sensación de que el tiempo
se había detenido. Estaba claro que había hecho el viaje porque
la carretilla estaba vacía. Sin duda tales experiencias no son lo mismo
cuando se cuentan. Como suele decirse, ‘uno tiene que estar allí
presente’, pero lo cierto es que aquello me permitió comprobar
que existen otros estados de conciencia”.
¿Quién puede
negar que esta curiosa experiencia no fuera extática? Tal vez no fuera
mística del todo, pero sin duda fue extática para Stillings, aunque
no poseyera todas las características habituales en los estados extáticos
(ver recuadro).
En relación con su
posible “validez”, el antropólogo irlandés Patrick
Meehan, especialista en la interacción humana con ordenadores, apunta
que “la experiencia mística puede no ser suficientemente tangible
como para ser descrita. Cualquier explicación de la misma será
siempre subjetiva y dejará preguntas sin responder. ¿Viene de
dentro o de fuera? ¿Es real o percibida? Sin embargo, ya sea espontánea
o se obtenga mediante meditación, drogas, ejercicio, rezos e incluso
con sexo (dejemos a los metafísicos que se ocupen de las diferencias)
siempre dará al testigo la impresión de que un velo se levanta
en otra dimensión y que la realidad queda suspendida de alguna forma”.
Como apunta Meehan es tanta
la diversidad de las experiencias extáticas y tan difícil precisar
la cualidad de las mismas que una forma de acercarnos a ellas ha sido entrevistando
a una serie de personas en España, Inglaterra y Estados Unidos. Todas
nos han ofrecido sus testimonios convencidas de que sus experiencias han poseído
ese carácter de elevación y unión con la divinidad que
caracteriza al éxtasis. Aunque no todas han tenido la misma profundidad,
duración o influencia posterior en la vida de los testigos nos prueban
que no son tan raras como suele creerse, tal vez porque muchas veces no queremos
ni siquiera reparar en esos destellos que ocasionalmente van iluminando nuestra
vida. A veces son tan deslumbradores por su dramatismo que es imposible sustraerse
a los mismos. Así se observa en una experiencia cercana a la muerte que
nos ha facilitado el investigador americano Kenneth Ring, autoridad mundial
en dicho campo. Aconteció el pasado año a una amiga suya a raíz
de un accidente de coche en el que estuvo a punto de perder la vida. No relataremos
los múltiples traumatismos que sufrió su cuerpo (actualmente bastante
recuperado), baste citar que al colisionar se vio proyectada hacia una luz en
cuya presencia sintió una profunda paz. “Ya no tiene miedo a la
muerte y aprecia mucho más la vida -nos explica el doctor Ring-. Después
de escuchar su historia tuve la intuición de que tal vez debería
plantearse trabajar ayudando a los moribundos. Antes de expresar esta idea,
ella misma la verbalizó”.
Sin duda, experiencias tan
dramáticas como esta facilitan enormemente la apertura espiritual y ayudan
incluso a reorientar la vida, pero conviene señalar que en general las
experiencias extáticas, por valiosas que sean, no siempre son garantía
de una transformación estable o permanente a pesar de que las personas
que las tienen suelen sentirse renovadas por la experiencia. Para algunas incluso
es tan familiar que la han integrado en sus vidas con toda naturalidad. Tal
es el caso del mexicano Alfonso Pérez que lleva más de tres décadas
consumiendo substancias naturales que alteran la conciencia como la ayahuasca
y el peyote y que siendo muy joven se sometió al ritual de la danza del
sol donde fue colgado del pecho con garfios, según prueban numerosas
cicatrices. Aunque las transformaciones internas que este hombre del camino
rojo, según se hace llamar siguiendo la tradición sagrada
de su país, son indescriptibles, las da por hecho: “Nunca
me han hecho volar -nos confiesa-, simplemente me han permitido establecer una
conexión total con todo mi ser, es decir, sentirme bien conmigo mismo.
Hace mucho que presido mesas rituales y ayudo a los participantes a curarse
y a encontrarse a sí mismos”.
Otra persona que también
aprecia estas experiencias en lo que valen pero considerándolas como
algo natural es la doctora en ciencias físicas Patricia Rivera, aunque
ella ha optado por explorar mediante una vía que nada tiene que ver con
las plantas psicotrópicas.
La senda más larga
“Tengo 44 años
y llevo practicando técnicas de meditación y relajación
desde los 16 -nos cuenta Rivera-. Las experiencias más significativas
que he tenido, desde el punto de vista espiritual o místico, han tenido
lugar mediante la práctica del Conocimiento que consiste en cuatro
técnicas enseñadas por el gurú Maharaji (deben realizarse
a diario al menos 15 minutos cada una). Las experiencias más extendidas
y rutinarias que se dan cuando hacemos las prácticas en grupo incluyen
intensas percepciones de luz y sonidos armónicos, así como sentimientos
de paz y amor y la sensación profunda de ‘haber vuelto a casa',
‘estar en el camino correcto'. También es frecuente acceder a estados
de conciencia muy elevados. Personalmente siento como si en el estado de vigilia
normal fuese tonta y ciega, como una zombi incapaz de percibir la `realidad'
que se me presenta delante. Esta realidad, a la que sólo tengo acceso
cuando entro en esos estados de conciencia superiores, incluye la visión
total del Universo como un enorme teatro de marionetas, en el que todo, hasta
lo más insignificante, está regido por un mismo Poder. Sabes que
se encuentra ahí, lo percibes claramente, y tienes la sensación
de que `todo está en su sitio'. Los primeros dos o tres años me
sentía casi como una extraterrestre debido a la cantidad de experiencias
de luz, sonidos, vibraciones por todo el cuerpo, sentimientos de amor. Era como
si me hubiesen abierto unos sentidos que antes estaban cerrados, pero ahora
la práctica del Conocimiento me da un referente interno e inmutable
que crea la sensación de eternidad. Este sentimiento de ser eterna y
de que la existencia tiene un sentido es en definitiva lo que más afecta
mí día a día. Sigo viendo la luz, pero ya estoy acostumbrada
después de tantos años, así que ni siquiera le doy importancia”.
No todo el mundo consigue
acceder fácilmente a la experiencia mediante prácticas de meditación,
aunque lo hayan intentado. Afortunadamente, esta se produce a veces con bastante
frecuencia en un estado de duermevela. Maureen Thompson, secretaria de 49 años,
lo sabe muy bien: “Desde que tenía trece años he venido
teniendo una media de tres experiencias extáticas al año. Suelen
producirse cuando estoy en una especie de trance, tumbada en la cama, a veces
antes de dormir y otras después. Difieren claramente de los sueños
porque son muy reales y su impacto suele durarme días. Fundamentalmente
siento una emoción intensa al contactar con un ser invisible. Al principio
suelo sentir frío, pero cuando se produce el contacto siento un calor
intenso y luego una sensación en el corazón que describiría
como de apertura y amor. Me deseo de unirme a él es intensísimo,
pero no en el sentido sexual sino mental y emocional. La sensación de
gozo es total y cuando vuelvo en mí a veces me sorprendo llorando de
felicidad. He intentado muchas veces acceder a la experiencia meditando, pero
no lo he conseguido”. Tras leer muchos libros espirituales y científicos
que le permitieran encontrar una explicación a estas experiencias, Thompson
se ha negado a aceptar que sean meramente productos biológicos de la
función cerebral: “Creo que tienen que ver con la fuerza de la
vida misma y con cómo se proyecta esta a otras dimensiones en el tiempo
y el espacio y contacta con la divinidad”.
Desde su amplia experiencia
con substancias que alteran la conciencia, así como en el campo de la
psicología transpersonal, Jorge Ferrer, profesor de psicología
del California Institute of Integral Studies (San Francisco) y autor
del libro, Revisioning Transpersonal Theory: A Participatory Vision of Human
Spirituality, también comparte de algún modo la visión
de la anterior testigo: “Las llamadas experiencias extáticas son
el resultado de un contacto más directo (dependiendo de la intensidad
de las mismas) bien con la energía de la Vida que nos revitaliza y de
la cual emerge nuestra sexualidad, o bien con la energía de la Conciencia
que nos da auto-conciencia y de la cual emerge nuestro sentido espiritual. Las
distintas estructuras a través de las cuales funcionamos -somáticas,
emocionales, mentales, etcétera- deben considerarse como filtros canalizadores
de dichas energías: pueden filtrarlas limpiamente o bloquearlas mediante
condicionamientos, miedos o conflictos”.
Amor, sexo y ouija
A diferencia de los testimonios
anteriores, hay muchas personas que tienen un atisbo de la divinidad mediante
la práctica sexual, especialmente si sienten amor. La exaltación
producida por el magnetismo sexual y amoroso favorece la apertura a la trascendencia.
En los Upanishads se habla del rapto extático ante la posibilidad
de la supresión de la conciencia del mundo exterior e interior cuando
se abrazan un hombre y una mujer que se aman de verdad. Los testimonios de los
auténticos amantes hablan de una fusión, de la sensación
de convertirse en un solo cuerpo, de ver luces, oír sonidos... Tal es
la experiencia de un psicólogo americano que prefiere mantenerse en el
anonimato. La obtiene con cierta regularidad con una mujer a la que ama apasionadamente
desde hace años y con la que ha conseguido un nivel de comunión
poco frecuente: “Sólo soy consciente de mi deseo de fundirme con
ella y convertirme en ella mediante una unión extática. Pero en
mi mente -¿o se trata de mi alma?- me estoy abriendo a Dios y entregándome
a él. Cuando ella me toma siento como si entrara en Dios. Todo es sagrado
y vibro con energías divinas que se renuevan hasta que me disuelvo hecho
añicos y mi yo desaparece mientras me sumerjo en el fuego divino. El
momento del impacto es esa aniquilación. La Dicha lo invade todo, fluye
la luz”.
Experiencias como esta, fruto
del amor y la comunión de dos almas, son sin duda un tesoro para quienes
las disfrutan. Otras, en cambio, aunque acaben felizmente pueden surgir de las
tinieblas. La experiencia extática de Lynn Collier tuvo lugar hace quince
años y comenzó con una sensación de angustia inenarrable:
"Había estado en casa jugando a la ouija con unos amigos y unos
días después, hacia las tres de la mañana, tuve la sensación
de ser invadida por un fuerza oscura y diabólica poderosísima.
Mi novio estaba conmigo y tuvo que sujetarme porque yo me agitaba repitiendo
sin cesar 'tengo que amar, amar, amar...'. Nunca había experimentado
nada igual. Estaba horrorizada, la fuerza que me invadía no era de este
mundo. Tras un largo forcejeo, mi novio, muy asustado, exclamó: 'Mira
Lynn, Dios acaba de entrar en el cuarto'. En menos de un segundo todo cambió
y me sentí plena de felicidad y alegría. ¡Fue tan fácil!
Sólo tuve que elegir el amor y entonces se produjo el milagro: fue el
éxtasis de ver y sentir a Dios y saber que aunque muriera nada importaba
siempre que tuviera ese amor conmigo. Me di cuenta de que la experiencia iba
a cambiar mi vida por completo y así fue. Aunque han pasado muchas cosas
en estos últimos años sigo sintiendo lo mismo".
Afortunadamente para esta
mujer una experiencia que comenzó de forma angustiosa derivó en
un éxtasis inefable. Sin embargo, esto no suele ocurrir cuando la experiencia
se busca por la vía de las drogas.
Éxtasis a la carta
En la actualidad, la búsqueda
del éxtasis no sólo se ha intensificado hasta convertirse en algo
obsesivo sino que cada vez se tiende a “recortar” el tiempo para
acceder a él. A la mayoría de los jóvenes no les sirve
la larga senda de la meditación para alcanzar a Dios: desean alcanzar
el éxtasis aquí y ahora mediante músicas electrizantes,
sexo, indulgencia en el alcohol y en el consumo de drogas como el MDMA y sus
últimos derivados, que estimulan la conciencia empática.
En relación con el
consumo de substancias como el éxtasis, el peyote y los hongos sagrados
Jorge Ferrer señala que “los problemas puntuales –incluso
la muerte- que suelen resultar del consumo de estas substancias se suelen deber,
casi sin excepción, a la ausencia de una preparación psicológica
adecuada o por tomarlas en un contexto inadecuado. Tomadas con la intención
correcta pueden ayudarnos a desestructurar muchos de nuestros bloqueos permitiéndonos
el acceso temporal a cualidades humanas más libres, vitales y sutiles
como el amor incondicional, la ausencia de vergüenza, la compasión
genuina o estados de conciencia pura”.
Sin duda, el deseo de experimentar
el éxtasis es legítimamente humano, pero la búsqueda del
mismo con la ayuda de peligrosas drogas que se mezclan “sin ton ni son”
no sólo esconde un deseo de ahogar las frustraciones o la apatía
vital, sino que entraña el riesgo de morir en el intento, según
observamos cada vez con mayor frecuencia en los medios de comunicación.
Por fortuna, no todo el mundo busca el éxtasis de forma tan frenética
y absurda. Sobre dicha búsqueda la psicóloga junguiana Esther
Harding ha señalado que “el deseo de alcanzar el éxtasis
no siempre es una tendencia regresiva. Es parte de la experiencia de unión
entre las partes separadas de la psique y muchos sienten que es una forma de
liberarse, aunque sea por poco tiempo, de las limitaciones del ego personal
mediante la disolución del ser o la unión con una fuerza mayor
que uno mismo”.
La experiencia buscada con
esta intención no sólo es enriquecedora sino que aporta la inspiración
que nos permite afrontar y llevar a cabo las tareas difíciles de la vida.
Si uno aprende a sintonizarse puede llegar incluso a conseguir que se repita
como le ocurre al vidente Octavio Aceves, quien por la vía de
la música ha encontrado su camino hacia Dios.
Música y sonido
”La música ha
regido toda mi vida y me ha ayudado a crecer –nos cuenta Aceves-. Suelo
escucharla en una habitación que tengo aislada acústicamente y
la experiencia me mantiene en un estado de armonía que me permite afrontar
un día duro. Lo podría comparar a un multiorgasmo, pero es mucho
más que eso. Es fundamental para mi bienestar psicofísico. Normalmente
escucho música barroca, pero cuando escucho expresamente las “Cuatro
últimas canciones” de Richard Strauss siento como si la luz penetrara
en mis células limpiándome por dentro. Es una sensación
de plenitud total”.
Muchas otras personas recurren
a diversas técnicas de sonido para explorar la conciencia y experimentar
con relativa facilidad estados que antes sólo podían alcanzarse
tras muchos años de meditación. El sistema Hemi-Sync, por ejemplo,
parte de un estado de relajación profunda del cuerpo físico para
que la mente pueda ser más libre, ya que ayuda a la sincronización
cerebral favoreciendo esos estados de conciencia inefables. Manuel Soriano nos
ha contado su experiencia con dicho sistema: “Con los sonidos musicales
y la meditación guiada visité los confines del universo y tuve
la impresión de sentir con mi conciencia que el universo era infinito
porque por más que me empeñaba en llegar hasta el final no lo
conseguía. Aproximadamente una hora después de terminar el curso
tuve mi primera experiencia mística profunda: parecía que lo percibía
todo desde una distancia que me permitía ver las cosas como son en realidad
y no como siempre las había visto. Era un estado de profunda paz y calma
absolutas, como si hubiera sintonizado con la parte más profunda de mí
mismo. En ninguna otra circunstancia he sentido nada semejante”.
Mientras unas personas optan
por la música, el sonido, el amor y el sexo, el ayuno, la meditación
o la droga en un contexto adecuado, todavía hay muchas que simplemente
se “extasían” ante la misma vida. Su éxtasis resulta
tan natural que en un mundo tan enloquecido como el nuestro puede parecer increíble.
¿Acaso sus cerebros funcionan de forma distinta de los demás?
Éxtasis de vivir
Sue Hornby, hostelera jubilada,
nos asegura no necesitar drogas para experimentar éxtasis maravillosos.
Los consigue con mucha facilidad cuando contacta con la naturaleza y cuando
hace el amor: “No hay nada superior a estas sensaciones. Me relajo, miro
el cielo, escucho la música y los pájaros y entonces ‘floto’.
Me siento tan bien que simplemente me ‘voy’. Lo mismo me ocurre
cuando estoy con Kevin, el hombre del que estoy enamorada. Es una sensación
sobrecogedora. A veces tengo varios orgasmos con él pero el éxtasis
que experimento no tiene que ver con el placer físico. Es un placer intenso
y me dura horas. Me siento fuera de este mundo. Es una sensación de felicidad
profunda, más mental que física. Me siento flotar”.
Por su parte, el artista multidisciplinar
David Hargrave nos ha ofrecido varios testimonios de éxtasis “natural”.
Uno de ellos le aconteció hace casi treinta años cuando empezó
a interesarse por el cambiante mundo de las nubes tras comprender que poseían
unos niveles de vida invisibles a nuestros ojos. Contemplándolas un día
tuvo una revelación: "Vi el símbolo PI con un ojo dentro,
estampado en un nube gris evanescente, tan evanescente que podía ver
a través de ella. El símbolo era ligeramente ultravioleta, parecía
vibrar con una presencia divina, como si procediera de Dios o de algo increíble.
Me dio la impresión de inocencia, ingenuidad y curiosidad puras y sentí
una dicha indescriptible".
Si para algunas personas es
tan fácil tener experiencias extáticas, quizá habría
que plantearse si estas no formarán parte de un estado natural que hemos
perdido a fuerza de complicarnos la vida. En este sentido, el terapeuta Robert
A. Johnson señala que “la gran tragedia de la sociedad occidental
contemporánea es el hecho de que hayamos perdido la habilidad de experimentar
el poder transformador del éxtasis y del gozo... Buscamos el éxtasis
por todas partes, pero en un nivel muy profundo permanecemos insatisfechos”.
Para recuperar ese paraíso
perdido, Johnson sugiere que “reconectemos con la capacidad de éxtasis
que está inactiva dentro de nosotros” y ofrece en su libro Éxtasis
(Kairós, 1992) una variada gama de rituales que, entre otros, pasan por
reactivar nuestra imaginación y trabajar con los sueños. Dichas
prácticas y otras que proponemos (ver recuadro) pueden ser muy útiles
para tal fin, pero en cualquier caso conviene no olvidar que la sensación
plena de vivir es fuente de éxtasis en sí misma: todo puede convertirse
o devenir extático para quien sabe abrirse a la vida. “Estar vivo
es o, debería ser, una experiencia intrínsecamente extática.
Y aún lo es en la mayoría de los casos durante los años
muy tempranos de la infancia”, nos apunta Jorge Ferrer. Estamos de acuerdo
con él. ¿Quién no tiene recuerdos de un éxtasis
infantil? La experiencia narrada por Malcolm de Chazal en su obra Petrusmock
no puede ser más poética y explícita: “Cuando el
niño degusta una fruta se siente degustado por la fruta que degusta.
Cuando el niño toca el agua, se siente a su vez tocado por el agua. Cuando
el niño mira una flor, ve cómo la flor le mira... La clave exacta
de la visión que no es devuelta la tuve un día en el jardín
botánico de Curepipe [Isla Mauricio]. Avanzaba en la luz del mediodía
hacia un seto de azaleas y entonces vi que una de las flores me miraba. Y de
pronto se convirtió en un ser. La flor devino una flor-hada. Este suceso
se corresponde con el de la manzana de Newton, es decir, con el momento en que
toda la vida de un hombre, todo su pensamiento, vuelve a él en una experiencia”.
Es indudable que las experiencias
extáticas han aportado un significado nuevo, en ocasiones duradero, a
innumerables personas en todo el mundo a pesar de no ser siempre necesariamente
transformadoras. Sobre este punto Jorge Ferrer no ceja de insistir: “Pueden
abrir muchas puertas, pero el verdadero trabajo de transformación tiene
que pasar por un profundo desbloqueo energético y somático. Al
ofrecernos una referencia directa (si bien transitoria) de que hay mucho más
en la vida de lo que normalmente percibimos y nos han enseñado pueden
ser una fuente importante de motivación para iniciar un camino genuino
de transformación personal. Para ello hay que trabajar a fondo, de forma
sistemática. Sólo así conseguiremos que nuestros corazones
y mentes se tornen más porosos en nuestra vida cotidiana”.
|
CARACTERÍSTICAS
DE LOS ESTADOS MÍSTICOS
|
|
TÉCNICA
DE MEDITACIÓN PARA ALCANZAR EL ÉXTASIS |
|
OBJETIVO
SUPREMO: LA ILUMINACIÓN |
|
EJERCICIO
TÁNTRICO PARA DESPERTAR LA CONCIENCIA |