MÚSICA
CELESTIAL
(publicado en Más Allá, nº 165, noviembre 2002,
páginas 80-84).
© Isabela Herranz
Existen
numerosos relatos sobre experiencias auditivas de música celestial en
diversos estados de conciencia, sobre todo en la proximidad de la muerte. ¿Podrían
considerarse confirmatorias de la supervivencia del alma teniendo en cuenta
que muchas de ellas se producen “colectivamente”? ¿De dónde
procede dicha música? ¿Es equiparable a la terrenal?
“Mi
hermana falleció a la edad de quince años y en el instante preagónico
murmuró: ‘Escucho una música maravillosa… ¡Oh,
qué bella es!’. Creo que el caso es notable no sólo porque
mi hermana escuchara música trascendental en el lecho de muerte, sino
sobre todo porque, en la hora suprema, parecía escucharla complacida”.
Este relato publicado en 1921 en la revista Light, fue enviado a
Joseph Clark por un amigo suyo residente en La Haya (Holanda). No se trata de
un episodio tan anómalo ni infrecuente como pueda pensarse en un mundo
como el actual donde muchos agonizantes navegan sumergidos en barbitúricos
y enganchados a aparatos que retienen sus almas y vidas artificialmente.
Mientras que son pocas las personas que han oído hablar del fenómeno,
tampoco puede decirse que muchos investigadores de lo paranormal lo hayan destacado
expresamente, a pesar de que los relatos de música trascendental son
bastante numerosos en las tradiiones de diversos pueblos, en la literatura greco-romana
y en las crónicas medievales, sobre todo en las colecciones hagiográficas.
Citemos, por ejemplo, el caso del gran místico alemán Jacob
Boehme (1575-1624) quien en el momento de la agonía dijo percibir
una música muy dulce ejecutada por los ángeles que venían
a llevarse su espíritu; hasta el momento de la muerte siguió haciendo
alusión a la música trascendental que percibía.
También el escritor Wolfgang Goethe tuvo la misma experiencia
en su lecho de muerte, con la diferencia en este caso de que fueron las personas
que le acompañaban las que escucharon la música celestial. El
episodio fui recogido en Gartenlaube (1860) donde se explicaba con detalle
que el 22 de marzo de 1832, hacia las diez de la noche, dos horas antes del
fallecimiento de Goethe, su cuñada Frau von Goethe, una condesa amiga,
el mayordomo Jean, el médico que certificó la muerte y su ayudante
escucharon una música misteriosa de procedencia desconocida en diferentes
estancias de la casa. No se describía el estado del moribundo, pero parece
muy probable que estuviera en coma dado que no dio ninguna indicación
de percibir dicha música.
Otro episodio, publicado en Light (1921) y protagonizado por F.H.
Rooke de Guildford, pone de manifiesto la riqueza y variedad de la experiencia:
“Mi hermana y yo fuimos los perceptores de la experiencia supernormal
más reconfortante de nuestra vida. Nuestra madre estaba gravemente enferma
y el doctor nos había avisado de su próxima muerte… Una
noche, hacia la una de la madrugada, mi hermana la velaba y yo descansaba en
el cuarto de abajo, cuando su atención se vio atraída de repente
por unos majestuosos acordes musicales. ‘¿Escuchas esa música?’,
preguntó a nuestra madre. Ella respondió que no oía nada.
En ese momento yo me precipité en el cuarto preguntando: ‘¿De
dónde procede esa música del paraíso?’. ¡Los
acordes vibraban tan altos que me habían despertado del sueño
profundo! Mientras discutía sobre esto con mi hermana, la música
se fue apagando. Miré a mi madre: ¡había expirado! Su espíritu
se había alejado del cuerpo con la última nota de la música
trascendental. ¡Nuestro padre que dormía en el cuarto de al lado
no había oído nada!”.
Episodios auditivos extraordinarios
A propósito de experiencias como las anteriores, el italiano Ernesto
Bozzano, uno de los escasos investigadores decimonónicos interesados
en dilucidar este fenómeno y al que debemos una gran casuística
de finales del siglo XIX y principios del XX, señaló en su
obra Phénomènes psychiques au moment de la mort (1923)
que “el valor teórico de este categoría de fenómenos
se apoya en el hecho de que, con frecuencia, los episodios de audición
supernormal no son ’electivos’, sino ‘colectivos’; es
decir, que no sólo el moribundo percibe la música, sino las personas
presentes o al menos algunas de ellas; ocurre también que, en la mayor
parte de los casos, sólo la perciben los presentes mientras que el moribundo
no”. Debido a que esta música se percibe en tal variedad de
circunstancias, Bozzano, defensor a ultranza de la teoría espirita, consideró
su origen “positivamente extrínseco y no alucinatorio en el
sentido patológico del término”.
Teniendo en cuenta que Bozzano estudió las seis categorías en
las que estos fenómenos pueden producirse, sesiones mediúmnicas
entre ellas (ver recuadro), sus conclusiones al referirse expresamente a la
categoría que comentamos -en la que incluso recogió algunos casos
de ciegos y sordomudos en trance de muerte que “veían” y
“oían”- fueron contundentes: “Hay que eliminar las
hipótesis sugestiva, auto-sugestiva y alucinatoria debido a la existencia
de casos de percepción ‘colectiva’, y sobre todo por las
circunstancias que en numerosos casos en cuestión el moribundo no participa
en la audición colectiva de la música trascendental, lo que excluye
toda posibilidad de atribuir los hechos a una alucinación por parte del
moribundo que sería transmitida telepáticamente a los asistentes”.
El hecho de que también se conozcan episodios de audición de música
“celestial” meses o años después de la defunción
–a veces en la fecha de la misma-, sirvió al investigador para
descartar definitivamente la hipótesis de la “telepatía
entre personas vivas” y considerarlos una prueba irrefutable de la supervivencia
del alma.
Aunque esto no es posible afirmarlo, en cambio no cabe duda de la existencia
del fenómeno. Otro investigador del mismo, el inglés Sir William
Barrett, también recogió en su libro inacabado Death-bed
Visions (1920) numerosos testimonios. Así pues, si el fenómeno
existe como tal, ¿a qué se debe que en la actualidad resulte prácticamente
desconocido?
Cuando a finales de 1968, el investigador americano Scott Rogo decidió
iniciar su propia colección de casos contemporáneos atraído
por este tipo de informes –sobre todo los de música percibida colectivamente
en las habitaciones de enfermos moribundos-, no consiguió obtener casos
similares a los maravillosos informes victorianos. “En esos tiempos
–escribió Rogo- enfermos y ancianos solían morir
en casa, entre familiares y amigos. El amor y la intimidad de los momentos de
separación probablemente favorecía las manifestaciones extraordinarias
de fenómenos psíquicos. Pero hoy la situación es muy distinta.
Un ochenta por ciento de la gente suele morir sola en cuartos de hospital, abandonados
por el personal médico y con frecuencia sin el apoyo de sus parientes
y amigos más próximos”.
Música de las esferas
Sin duda, los recientes cambios sociólogos dentro de la experiencia de
muerte han repercutido negativamente en el conocimiento y consiguiente transmisión
del fenómeno. En busca de testimonios actuales, nos hemos puesto en contacto
con la psicóloga clínica Paloma Cabadas, pero a pesar de
su largo periplo como investigadora de la conciencia, los estados disociados
sostenidos y la muerte lúcida, no ha llegado a su conocimiento ninguna
experiencia de estas características en el lecho de muerte: “Es
un fenómeno raro e infrecuente, pero no cabe duda de que encaja en ese
tipo de comunicación que los individuos sensibles mantienen con las dimensiones
sutiles e inmateriales. Probablemente, sea un fenómeno que ya les ocurría
en vida, al quedarse dormidos o al despertar. De hecho, no es infrecuente en
las experiencias extracorpóreas y también se produce con frecuencia
en episodios de casi muerte”.
En este sentido, las investigaciones realizadas por Rogo arrojaron un poco más
de luz. A mediados de 1969 había obtenido más de 100 informes
de personas que habían escuchado la “música de las esferas”
-aunque no específicamente en el lecho de muerte-, y los incluyó
en su obra Nad, a Study of Some Inusual Other-World Experiences . Siguió
recogiendo testimonios y en 1972 publicó un segundo volumen con 58 casos
más donde exponía: “El descubrimiento más significativo
que hice fue que esta música, al margen de su naturaleza, es escuchada
sobre todo por personas durante experiencias fuera del cuerpo, si bien algunas
de dichas experiencias eran en realidad experiencias cercanas a la muerte según
se entienden hoy”.
Efectivamente, investigadores del fenómeno como Raymond Moody,
Michael Sabom, Margot Grey y Kenneth Ring han descrito
numerosos casos de personas con experiencias de viaje “temporal”
al más allá que “escucharon música de las esferas”.
Recogemos un especialmente significativo presentado por Ring, en un ensayo
publicado en la revista Omega nº 3 (1981). Se trata del relato de
un hombre de 28 años que intentó suicidarse en la cárcel:
“Escuché un sonoro zumbido y entré en un agujero negro
seguido de muchas luces y hermosa música, la música más
hermosa que he oído en mi vida, las voces más bellas”.
En cuanto a otras experiencias auditivas de música celestial, Stephen
Laberge de la universidad de Stanford, y Celia Green, pioneros en
la investigación de los sueños lúcidos y su conexión
con las experiencias extracorpóreas, han facilitado numerosos ejemplos
de sueños lúcidos de carácter místico o trascendental
en que los individuos escucharon “sonidos” aparentemente realistas
en la forma de música y cantos. Rescatamos uno registrado por Laberge:
“La lucidez dominó levemente el estado inicial del sueño…
La música invadió mis sentidos y empecé a saltar y a bailar
por la calle. La música se tornaba más y más sublime y
me sentí totalmente absorbido por ella… No podía soportar
tener que abandonar aquel embeleso, pero inexorablemente me estaba despertando”.
Han transcurrido algunas décadas desde el inicio de estas investigaciones
y la ciencia sigue sin prestar suficiente atención a estas experiencias.
“El escaso valor concedido generalmente a la experiencia subjetiva,
en parte debido a que los estados alternados de conciencia han sido tradicionalmente
considerados como anormales y por tanto mórbidos o incluso patológicos,
y en parte porque no se pueden testar en laboratorios, nos ha llevado a infravalorar
el valor potencial de muchas áreas de la experiencia humana”, se
dolía Hilary Evans en un capítulo dedicado a la “frontera
final” en Frontiers of Reality (1989).
Consciente de que no se ha efectuado un esfuerzo organizado para documentar
las experiencias auditivas que comentamos, el investigador americano Arvin
Gibson ha emprendido la tarea de recopilarlas cuando acontecen al borde
de la muerte. Próximamente publicará un estudio en The
Journal for Near-Death Studies, donde hará hincapié en
el marcado impacto emocional que esta música produce en los testigos,
similar al la “luz” al final del túnel: “Tanto la
luz como la música parecen estar interconectadas en el nivel emocional
más profundo. La alegría inefable, paz y amor asociados con la
luz son también concomitantes con la música”, ha contado
Gibson para Más Allá.
Los recientes descubrimientos neurológicos sobre la percepción
musical nos han ayudado a entender cómo procesa el cerebro los estímulos
musicales del mundo físico, sin embargo no dicen nada sobre los orígenes
trascendentales de la música en sí. Afortunadamente, al margen
de la valoración que de ella hagan los científicos es un hecho
que la música de las esferas produce una gran impresión en las
personas que la escuchan. Sus informes representan sólo un atisbo de
lo maravillosa que debe ser esa música (ver recuadro). Quizá cada
uno de nosotros llegue a escucharla cuando su conciencia trascienda los límites
terrenales. ¿Será como el eco de una existencia premortal que
nos devuelve al paraíso? Así lo pone de relieve Paloma Cabadas:
“Creo que está presente en el momento de la muerte para facilitar
‘con honores’ la salida de la vida humana. Podemos pensar que es
una garantía de recuperación de la lucidez en el periodo post-mortem”.
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